Salió PyP 64. Editorial. Conseguilo

Editorial por Néstor Gorojovsky
El dúo Pinedo - Pichetto y la intervención del PJ

Semanas atrás, Nicolás Massot le informó a los radicales que apoyan a Macri -en un supuesto desliz “fuera de cámaras”- que el futuro del partido de Yrigoyen sería morir o disolverse en el Pro, que a su vez intentaría hegemonizar una alternancia entre Cambiemos y un peronismo renovado.

El 24 de marzo de 2018 (nada menos…), el diario “La Nación” publicó un reportaje al senador peronista Miguel Ángel Pichetto, quien, ávido de renovar, corroboró como opositor la “doctrina Massot”.

Tras defenestrar pavlovianamente al kirchnerismo, Pichetto planteó que para “ser competitivos”, los peronistas “deberíamos hacer un compromiso con la sociedad de renuncia a cualquier modelo intervencionista de corte estatista … abonar un camino de construcción más ligado a un capitalismo moderno y no a marcos cerrados como fueron en los últimos cuatro años el cepo y la no salida del default”. Es decir, para ganar alguna vez, el peronismo debería convertirse en una forma “popular” de Cambiemos.

Ya una semana antes la agencia oficial Télam había publicado un reportaje al también senador nacional Federico Pinedo, del Pro, quien advirtió al peronismo que se equivocaba si creía que cuando no esté Macri “la Argentina va a ser la misma de antes y que no cambió nada”. La oligarquía, según esa tesis, llegó al poder en diciembre del 2015 para imponer su propio “Nunca Más”.

Para el senador oligarca, los DDHH, la vida democrática y el control ilimitado de nuestra economía por la cúpula concentrada, monopólica y antinacional, son igual de sagradas. Después de Macri, quedarán fuera de toda discusión “la democracia, el respeto a los derechos humanos", y una economía "de base privada, de inversión privada, con conexión al mundo".

A la perrada le concede democracia y DDHH, pero la cúpula librecambista, privatista, antinacional y antiestatal se queda al mando para siempre. Según el Pro, comandar la economía es el derecho humano y democrático de los oligarcas y las empresas imperialistas.

Reapareció el “partido único de la dependencia” que se expresó tan magníficamente en la elección que ganó De la Rúa casi veinte años atrás. De lo que se trata es de negar, de hacer desaparecer, la rebelión popular de diciembre de 2001.

Los argentinos, los de verdad, tendremos entonces que reivindicarla tal como lo hacemos con los 30.000 desaparecidos: como el origen, más allá de sus errores y defectos, de una democracia que se haga temer por los poderosos, y termine con los vendepatria y los resignados.

Después de diciembre de 2017, nuestro pueblo se reagrupa, lentamente. Si lograra llegar en buena forma a las elecciones de 2019, deberá estar preparado para enfrentar una realidad durísima y actuar en consecuencia. Como sintetizó hace poco el Lic. Aritz Recalde, el desastre que dejarán el Pro y Cambiemos no dejará “margen para mantener la alta rentabilidad de los grupos económicos y distribuir la riqueza como en el ciclo histórico de 2003 a 2011”. Si el peronismo del futuro, dice Recalde, no modifica la “estructura económica concentrada, extranjera y oligopólica … será un mero administrador y perpetuador en el tiempo de la actual crisis económica y social”.

Toda esta tesis se ha visto confirmada en los hechos con la inicua intervención al Partido Justicialista (ver declaración de Patria y Pueblo en este mismo número), que procura convertirlo en el “peronismo prolijo” del Partido Único de la Dependencia para amordazar de ese modo al pueblo argentino, al cual entretanto se va sometiendo a un sistema policíaco de espionaje generalizado.

Y, para coronar el sistema, el Pro se dedica a confeccionar una administración de justicia digna de esos jueces de paz mitristas que mandaron a Martín Fierro a los fortines y convirtieron a Juan Moreyra en un sicario de los poderosos.

Solo hay un modo de impedir que este programa termine consolidado: que el campo nacional y popular se presente en unidad a las presidenciales, con la simple consigna central de “Fuera Macri”. Esas dos palabras sintetizan un programa básico de ejes de recuperación de la Patria. Esa unidad no puede brotar mágicamente “desde abajo”. Deberá conseguirse también, y fundamentalmente, en el plano dirigencial. Sin dirigencias capaces de hacerla propia, la resistencia masiva que despierta el plan del Pro se disipará o será reprimida eficazmente.

La unidad no se logrará excluyendo a nadie de antemano. Cada ala y sector del movimiento nacional deberá organizar sus filas antes de (y con rumbo a) confluir en un frente unificado. Nadie tiene que tratar de ganar su interna cooptando sectores cuya presencia baja el precio, ante otros potenciales participantes, de cada encuentro parcial. Cada uno en su lugar, para poder confluir bien.

¿Cuál es el lugar de las argentinas y argentinos que, sin ser peronistas, participamos junto al peronismo, con banderas socialistas, de esa magna batalla? Ese lugar es la construcción de una fuerza de Izquierda Nacional que –sin hegemonismos– sepa aglutinarnos. Desde allí podremos aspirar a combatir para que el fin del macrismo sea todo lo profundo que exija la hipoteca que recibiremos. Ése es el desafío. A trabajar.

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