SIRIA

Estamos ante una intervención colonialista desembozada. Patria y Pueblo repudia abiertamente esta nueva demostración del carácter depredador, antidemocrático y dictatorial del régimen imperialista.

Dos años atrás, se desató una protesta masiva en la localidad siria de Dera’a, en la frontera entre Siria y el reino semifeudal de Jordania. Las circunstancias del movimiento y el grado de violencia con que la reprimió el gobierno sirio parecen haber sido sangrientas. Pero nunca quedaron claras, porque en vez de relatar los hechos objetivamente, la maquinaria mediática occidental se despachó con un huracán de propaganda en contra del gobierno de Bashar al Assad.

Esa fue una señal inequívoca de que Siria estaba en la mira. Aprovechando el tumultuoso desarrollo de la “primavera árabe”, los estrategas del Pentágonos consideraron llegado el momento de desembarazarse de ese último resto del arco de aliados de la vieja Unión Soviética y el más duro de roer en Levante, el gobierno baasista conducido por los Assad. La primera batalla en todos estos casos se libra en los medios, y sirve para proveer la base moral del ataque.

Mientras tanto, se formaba en el exilio una representación del pueblo sirio que las grandes potencias se apresuraron en reconocer. Es uno de esos gobiernos cipayos en el exilio que tan bien conocemos los latinoamericanos desde que Estados Unidos intervino en Cuba por primera vez e inventó un gobernante para la isla llamado Estrada Palma.

Dentro de Siria, algunos militares desafectos o que deseaban hacer rápida carrera a costa de la legitimidad del gobierno de su país se pasaron al bando de la “oposición en el exilio”. Clérigos fanáticos de una versión medievalista e integrista del Islam soliviantaron parte de la población con el pretexto de que los mandos de gobierno estaban controlados por una minoría, los alawitas. Empezaron a fluir armas a través de las fronteras. Y también empezaron a fluir, con creciente potencia, hordas de terroristas y criminales entrenados por la CIA y otros servicios, con el objetivo de convertir a Siria en un emirato islámico.

A medida que estas unidades actuaban y se mostraban en toda su horrorosa magnitud, la población siria se volcó, instintivamente, en defensa de su gobierno. Por lo tanto, la “revolución” siria no cuajó y cada vez se encuentra en mayores dificultades. Es allí donde está el origen de la decisión de Barack Obama de intervenir unilateralmente en el gran país de Levante.

Néstor Gorojovsky
Secretario General
Partido Patria y Pueblo – Socialistas de la Izquierda Nacional

PyP ante los resultados de las PASO 2013

SOLO UN SEGUNDO “NUNCA MÁS” EVITARÁ RETROCESOS EN 2013 Y 2015

Los resultados de las elecciones primarias del 11 de agosto motivaron un arco iris de declaraciones sobre la gran cuestión política de la Argentina: la posibilidad de que a partir de ahora el gobierno nacional pueda continuar con el rumbo elegido por el presidente Néstor Carlos Kirchner al asumir su mandato el 25 de mayo de 2003.

Patria y Pueblo siempre creyó que en estas primarias se jugaba esa continuidad. Fue por ello que nuestros compañeros votaron a los candidatos presentados por el Frente para la Victoria en todos los distritos del país.

No nos inmiscuimos en los modos en los que la expresión mayoritaria del movimiento nacional tomaba sus decisiones preelectorales, elegía los integrantes de sus listas de candidatos o celebraba acuerdos con otras fuerzas. Es por eso también que, sin someternos a ninguna conducción ajena a la propia, pusimos todas nuestras fuerzas al servicio de esos candidatos.

Lo mismo haremos, redoblando esfuerzos, en las legislativas de octubre, más importantes aún que las PASO.

Un segundo “nunca más” para ganar una segunda década
Con el derecho que nos otorga esa lealtad al proyecto nacional, creemos que nos toca hoy hacer algunas reflexiones sobre el rumbo a adoptar a partir del reciente resultado electoral. Creemos necesarias ciertas rectificaciones, para revertir antes de las elecciones de octubre lo ocurrido en las de agosto.

Para asegurar el rumbo de 2003, nos adelantamos a aclarar, no solo corresponde asegurar la continuidad del proyecto iniciado en el 2003. Es necesario además profundizarlo, ir a la raíz de los problemas que, en medio de una crisis económica global sin precedentes, enfrenta el pueblo argentino y afectan a todas las instituciones de nuestra república. Hace falta un “nunca más” político, económico y social que garantice la irreversibilidad de lo ganado desde 2003.

El rumbo inicial
El gobierno inaugurado por Néstor Kirchner supo recoger el mandato implícito en las movilizaciones de fines de diciembre de 2001. Al hacerlo, empezó a cerrar, no solo el ciclo abierto con el golpe de 1976, sino el más vasto y dramático iniciado con el bombardeo de la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 y el derrocamiento y exilio del General Perón.

El rumbo elegido puede definirse, sintéticamente, como un intento de combinar una dosis más o menos potente, según las circunstancias, de nacionalismo económico, soberanía política y justicia social distributiva con la voluntad industrializadora que fue el rasgo común del peronismo y el desarrollismo. El kirchnerismo le sumó una decidida acción en pro de la unidad sudamericana y la voluntad inamovible de resolver en sede judicial todas las causas pendientes desde lo que se ha denominado la era del “terrorismo de Estado”.

Pero la herencia de medio siglo de contrarrevolución casi ininterrumpida no dejó de pesar, en dos sentidos. El poder de los enemigos externos al proyecto nacional no cesó de consolidarse, extenderse y enmarañarse día a día durante esas décadas. Pero también constituyó un lastre la continuidad de algunas concepciones que se intentó llevar desde el gobierno mismo.

Lastres heredados
De un modo u otro formaban parte de la maraña heredada del período anterior, signado por la defraudación de la experiencia alfonsinista y el ciclo de la entrega lisa y llana abierto por Carlos Saúl Menem. El Dr. Néstor Kirchner, al llegar al gobierno, consideró necesario reclutar parte de su personal político-administrativo entre conspicuos participantes de esas experiencias. Esto, quizás, fuera inevitable, pero no podía sino traer consecuencias.

El ciclo de subordinación a los centros del poder mundial, destrucción de nuestra industria y completa degradación de los que fueron otrora nuestros partidos populares, con la honrosa excepción de algunas fuerzas obreras y de núcleos minoritarios que fueron fieles en la defensa del país y de las banderas históricas del movimiento nacional, terminó así incorporado, aunque en sordina, a un gobierno que venía a ponerle punto final.

Esa incorporación afectó al movimiento nacional, particularmente, en relación a dos asuntos: Primero, en la evaluación del rol del Estado en la economía nacional; para el movimiento nacional, ya desde los tiempos del Plan de Operaciones de Mariano Moreno el objetivo de construir un país soberano y viable está ligado a la vigorosa reafirmación de la centralidad de la acción directa del Estado en todos los aspectos estratégicos de la vida económica. En segundo lugar, en lo relativo al rol político que se asigna a la clase obrera y al movimiento sindical, que fueron y son, por causas estructurales, soportes irreemplazables de una política patriótica apta para enfrentar a las poderosísimas fuerzas que someten al país y a la América Latina.

Correcciones imprescindibles
En esos dos órdenes es imprescindible hacer correcciones certeras para asegurar la perduración de todo lo obtenido.

La clase trabajadora volvió a crecer y diversificarse por el impulso industrializador del plan económico kirchnerista. Pero la renuencia a adoptar un camino que acerque cada vez más al gobierno a toda la clase trabajadora –cuya representación está lejos de agotarse en los sindicatos afines o adictos a la conducción central– sería fatal para el destino del gobierno popular que apoyamos.

Y la lentitud y las dificultades conceptuales y prácticas con que avanza en el plano de la instalación plena del capitalismo de Estado –el mejor legado del General Perón– llevan a la conducción a pagar costos humanos, económicos y políticos inaceptables. Los accidentes ferroviarios de los últimos dos años muestran el costo, ante todo en vidas humanas, pero también político, de no haberse decidido (o haberlo hecho tardíamente) a terminar de una vez con la depredación privada. Ésta solo atiende (y entiende) al lucro empresario, en desmedro de los intereses del pueblo argentino y de la vida misma que deberían proteger.

Esas rémoras del pasado, como se ve, no constituyen sólo un peso muerto ideológico: hacen peligrar la continuidad del proyecto y del gobierno mismo.

El argumento posibilista que el propio kirchnerismo desmintió
Podría decirse que nos imponen límites las relaciones de fuerza, que debe actuarse con realismo y prudencia. Dicho argumento es válido en términos muy generales. Pero no resiste el análisis si lo llevamos a los hechos específicos de nuestra historia reciente, porque omite considerar que, especialmente al principio del ciclo kirchnerista, la movilización de masas que terminó con el delarruísmo también formaba parte, y cómo, de la relación de fuerzas.

Es más, la propia experiencia kirchnerista lo demuele, y damos solo dos ejemplos esenciales:
a)  la renegociación de la deuda externa se logró enfrentando a los más poderosos enemigos del planeta, que contaban además con apoyo interno; y
b)  la propuesta del ALCA fue desmontada con un enfrentamiento incluso personal del Dr. Néstor Kirchner con el hegemón planetario, sin ceder ante las sumamente desfavorables relaciones de fuerzas vigentes en el mundo (que si en ese momento fueron modificadas para América Latina fue por la pertinaz decisión con que se actuó).

Un rumbo intragable para el estáblishment y una esperanza utópica
El camino elegido por el gobierno kirchnerista era y es orgánicamente inaceptable para quienes dominaron la Argentina entre 1955 y 2003, fortalecidos por el menemismo en la década del 90. No hay modo de que lo acepten, lo deglutan o lo metabolicen.

Pero el kirchnerismo, más de una vez, parece actuar en la esperanza de que en el plano interno, dentro del campo enemigo, surjan figuras que construyan una “burguesía nacional” merecedora de confianza. Si algo demostró que esta apuesta peca de un riesgoso exceso de confianza fueron, justamente, las elecciones primarias de agosto de 2013.

Lo que toda nuestra experiencia indica es que lo que corresponde es profundizar su acción transformadora, arrancar de raíz todas las sobrevivencias –muy abundantes– del núcleo de poder económico concentrado y buscar la ampliación de sus bases de sustentación en el pueblo profundo, único respaldo que será fiel, como le decía a Perón la compañera Evita.

Mas para lograr tal cosa es preciso abrir cauces de protagonismo popular, democratizar las fuerzas propias y abrir, al mismo tiempo que se sigue avanzando con realizaciones y decisiones concretas, un debate nacional que actualice doctrinariamente y permita reorganizar el movimiento de masas[1]. En lugar de optar por ese camino, tanto Néstor como la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner establecieron alianzas frágiles, condenadas a fracasar por la debilidad de sus cimientos.

Los dos modelos básicos de alianza frágil
La “transversalidad”, que parecía captar la necesidad de rehacer las fuerzas políticas con la conciencia clara de la “crisis de la representación”, se orientó unilateralmente hacia la formación de distintos acuerdos de cúpula. Esos acuerdos se dirigieron a sectores sospechosos de oportunismo, que no habían pasado una prueba de antecedentes y consistencia ideológica capaz de otorgar las mínimas garantías que exige una alianza. Sectores superficialmente “nacionalizados”, en suma. Para acomodarse a los nuevos aires, en el mismo momento en que el gobierno popular comenzaba a superar una ambigüedad inicial y definía un rumbo antioligárquico huyeron del barco.

El intento siguiente es paralelo al arranque de la crisis económica mundial y más complejo porque comprende, al mismo tiempo dos movimientos que se entrelazan:
a)  la negativa a seguir sosteniendo la alianza política con los sectores del movimiento obrero que llevaron adelante la más dura y efectiva lucha contra los vendepatria del 90. El argumento básico fue que estos sectores no eran incondicionales de la conducción central, sino que con ellos el gobierno debía negociar para asegurarse su apoyo.
Esto, que fue presentado como un pecado en sí mismo, es lo que corresponde hacer con los representantes de cualquier sector social: lo que importa no es la negociación, que es un eje central de la práctica política, sino los términos de la misma; éstos jamás fueron presentados como motivo de una ruptura.
Simplemente, se los postergó de hecho en el plano de la representación política, en beneficio de una “rama política” y juvenil que, justamente por su incipiencia, ninguna prueba de fidelidad mayor o de representación social consistente había podido ofrendar, aunque sí era propensa -con esa excepcional virtud juvenil de polarizar instantáneamente sus energías- al entusiasmo y el aplauso fervoroso.
Esta preferencia fue aprovechada para sus propios fines por más de un “operador”, de ésos que cifran su lealtad en la cantidad de gente que “pueden poner” en un acto, o en la cantidad de caras sonrientes que logran agregar al público de las alocuciones oficiales. Pero, como se vio en los resultados electorales, el modo en que se implementó su irrupción terminó siendo contraproducente.
(b) en el plano de las alianzas sociales, hubo una aproximación al empresariado, cuyos frutos están hoy a la vista, con la incorporación del Sr. de Mendiguren a las filas de Sergio Massa (uno, y no el único, de los ungidos por el kirchnerismo que ostentaban antecedentes neoliberales y docilidad de aplaudidor; como todos los obsecuentes, saltó el cerco hacia las fértiles praderas de la reacción antiargentina: nada es más fácil que volver el rostro hacia otro escenario mientras se aplaude en la platea).

Los medios y una crisis de representatividad que aún resta saldar
Ambas tácticas produjeron sangrías varias en la masa de integrantes objetivos del frente nacional que deberían integrarse como apoyo activo, electoral y de cualquier otro tipo, al mejor gobierno que –no nos cansaremos de reiterarlo– logramos darnos los argentinos desde la muerte del General Perón.

En la nueva coyuntura no tenemos que entrar perdiendo a la cancha; hay que ganar sin atenuantes y sin alargues fatales. Esto exige superar aquello que, debido a esa asunción parcial de un mandato popular masivo, debilita al gobierno nacional en esta instancia clave de nuestra vida política.

Los límites señalados arriba hacen que la crisis de representatividad manifiesta con la caída de Fernando de la Rúa siga sin superarse. Y el gobierno nacional también sufre por ella, incapaz de fidelizar a una masa de argentinos favorecidos en más de un caso por las políticas implementadas por él mismo, algo que a nuestro juicio sólo se explica por los límites conceptuales y políticos de su acción.

Esos límites le dificultan contrarrestar el bombardeo de los medios de prensa que sirven al estáblishment, un sistema que usa todos los resquicios que ofrece el gobierno para trabajar sobre las masas y poner a su servicio las “contradicciones en el seno de lo popular” y aún sus pobrezas y miserias. Otra vez, las primarias de agosto pusieron al descubierto esta situación.

El núcleo “verticalizado”: las masas más profundas
En otras palabras y para llegar a un punto que creemos condensa todo lo anterior, las PASO han demostrado que el valioso 54% obtenido por la Presidenta de la Nación en las últimas presidenciales tenía un gran valor, en muchos sentidos, pero no servía para sustentar, por sí mismo, una acentuación de métodos verticalistas que se basan en la pretensión de hacer realidad una conexión directa de Cristina Fernández de Kirchner y la masa de sus votantes, emulando una situación que logró perdurar hasta la muerte de Perón y que había surgido de una construcción histórica irrepetible.

El núcleo “verticalizable” del apoyo social y político al gobierno nacional ronda, tal como se vio, el 30% de los votos. Según algunos estudios, al menos en el área metropolitana, el apoyo es mayor en las áreas más desprotegidas, y disminuye a medida que el porcentaje de extrema pobreza baja. El kirchnerismo es el partido de “los más pobres entre los pobres”. Esto, que para el gorilismo “demuestra” la inviabilidad, por “bárbaro” y “populista”, del kirchnerismo, es para nosotros una de sus máximas virtudes.

Porque lo que mostraron las primarias es que el kirchnerismo logró asentar un proyecto nacional de recuperación industrialista allí mismo donde, aprovechando la extrema necesidad humana, se asentaban las versiones “populistas” del orden oligárquico (menemismo, duhaldismo).

Pero éstas “ganaban” esas capas de la población de un modo extorsivo: se las reducía a una miserable beneficencia semimafiosa que aseguraba al menos una triste supervivencia. Entretanto, promovían alegremente la creciente dependencia, la desindustrialización, y la demolición sistemática de cuanto los argentinos habíamos logrado construir, contra viento y marea, en casi dos siglos de vida independiente. Ahora, esos sectores del pueblo argentino se ven convocados a participar activamente de la reconstrucción del país industrial, y apoyan al gobierno no para poder llegar al día siguiente sino, quién sabe, para tener universitarios en la familia en la próxima generación. El cambio es copernicano y revolucionario.

La urgente y necesaria ampliación del frente nacional
Ese 30% es una suma impresionante si se la compara con la performance que logran ocasionalmente algunos de los opositores al kirchnerismo, por supuesto. Pero es peligrosa si se la pone en la perspectiva de las próximas legislativas y las presidenciales de 2015, que ya entraron al panorama político y comienzan a trabajar los núcleos de poder desplazados en el 2003 con el propósito de crear un posible aglutinador de la masa de la oposición al gobierno nacional.

Para superar los resultados de las PASO corresponde, al mismo tiempo, profundizar en sentido nacional y soberano el rumbo elegido en 2003, ampliar el abanico de alianzas y precisar mejor quiénes son los enemigos del proyecto en curso. Para ello se hace urgente multiplicar las mediaciones tácticas entre la conducción política de la nación y el movimiento real. Antes de las parlamentarias, es urgente reconocer la heterogeneidad de la base electoral que debe asegurarse. Urge reemplazar la tesis de la “conexión directa” entre la Sra. Presidenta y el pueblo argentino, que brota de la verticalidad y tiene los límites de la misma, por otra, que pueda rendir más y mejores frutos en las urnas.

Cualquiera que sea la decisión de la fracción mayoritaria del movimiento nacional frente a este tema, por supuesto, Patria y Pueblo estará apoyando al proyecto nacional en las elecciones de octubre y durante la campaña hacia las mismas. Este documento pretende ayudar a que se llegue a octubre en las mejores condiciones. Ante todo, porque las consecuencias de un retroceso del kirchnerismo en el Congreso serán de extrema peligrosidad no solo para el partido gobernante sino para el conjunto de la Nación. Quien prefiera negarlo, tendrá que asumir muy pronto su error. No serán los socialistas de la Izquierda Nacional quienes sigan ese camino derrotista.

Debilidad propia y fortalecimiento ajeno
Pero advertimos que si de resultas de la insistencia en una metodología política que debilita al propio gobierno el candidato Sergio Massa adquiere suficiente envergadura, se convertirá en la falsa moneda "popular" de una alternativa profundamente oligárquica y reaccionaria, cuya dinámica (más allá incluso de las intenciones de quienes la apoyen) ataca los intereses más profundos de la nación y del pueblo argentino.

Ese resultado electoral, de tener éxito, llevará a la Argentina a retroceder hacia la funesta década abyecta que se inició con la presidencia de Carlos Saúl Menem y terminó con el alzamiento popular del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Hinchazón y gordura en la política argentina
Patria y Pueblo cree que por más que se afirme, sin faltar a la verdad, que el FPV reveló en las urnas ser la primera fuerza política del país, esta declaración no es útil para fortalecer las fuerzas propias. El FPV es la única fuerza que recogió votos en todos los distritos, pero no es en este momento la representación hegemónica de un frente nacional sólido, un frente que incorpore a todas las clases y sectores sociales afectados objetivamente por la dependencia semicolonial y el despilfarro rentístico de la Argentina oligárquica. Lo electoral es hinchazón y lo político es gordura.

La afirmación inversa funciona, en cambio, para el campo antinacional. A este campo, en las actuales circunstancias, sí se le puede convertir “automáticamente” en logro político un buen resultado electoral.

Sergio Massa se ha convertido, en efecto, en el candidato de una coalición electoral objetiva que implica un frente político antiargentino. Más allá de las muchas veces misérrimas cualidades personales de los individuos en juego, en el 2015 esa coalición objetiva puede presentar una batalla electoral riesgosa para el país en contra un candidato consecuente del campo nacional y popular.

Detrás de Sergio Massa, sin un exceso de dificultades, se alinearán todos los caudillejos provincianos que hegemonizaron las situaciones en distritos como Santa Fe, Córdoba, Mendoza o la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Algunos ya empezaron a hacerlo. La oligarquía, que es astuta y sabia, promoverá la aproximación de diversas fracciones del radicalismo e incluso del progresismo. Un movimiento electoral redundará en una confluencia política.

¿Qué le cuesta, por ejemplo, a los sucesores de Massa en el partido de Tigre desarrollar ahora las políticas sociales que requiere "su" partido para que la coexistencia de opulentos barrios cerrados yuxtapuestos con miserables villas de emergencia se convierta en una armoniosa coordinación de ricos benévolos y pobres agradecidos, al mejor estilo menemista? Eso terminaría creando “una vidriera feliz” al estilo del enclave berlinés en Alemania Oriental (que se disolvió, digámoslo de paso, en parte por el efecto “demostrativo” de Berlín Oeste, que la sitiaba desde adentro con apoyo externo)[2]

No solo el “pejotismo” salta las tranqueras
Ante semejante perspectiva, a los intendentes y caudillejos conservadores locales y cambiacasaca se sumará una nueva fauna: siempre hay “progresistas” que mirarán con buenos ojos al futuro presidente, porque les abre las puertas para colgarse al cuello algunos espejitos de colores. Él les dará el lugar bajo el sol que el kirchnerismo ocasionalmente les ha negado, incluso a través de estructuras “críticas” (¡de los propios intendentes massistas, e incluso de la gestión de Massa en el Tigre mientras ponen en acción la “operación vidriera”!)

Para todos habrá sitio. Lo mismo podrá decirse de ciertos sectores del movimiento obrero, hasta que la clase trabajadora perciba los amargos frutos de la ceguera de ciertos dirigentes y el arribismo de aquellos para los cuales lo mismo da Néstor Kirchner que Menem, y hasta es mejor el último si es “generoso” con ellos.

Creemos que esta peligrosa perspectiva puede y debe enfrentarse, pero para ello es urgente un cambio profundo en la identificación de los sujetos actuantes en la historia y la política argentinas.

No incomodar más a los propios, identificar bien a los ajenos
En primer lugar, es fundamental evitar la tentación de suponer que hay “un problema de comunicación” por el cual la población “no entiende” la propuesta patriótica del gobierno nacional. Los nacionales no debemos adjudicar nuestros problemas a la supuesta incapacidad de los trabajadores y el pueblo. Dejemos ese “análisis” a los cipayos y chupamedias, cada cual por sus propios motivos.

Tenemos que detectar cómo es que el mejor gobierno de los últimos treinta y siete años de la historia argentina generó áreas de disconformidad difusa entre aquellos que deberían ser sus votantes naturales, aunque más no sea en defensa propia. Sin esa disconformidad difusa el sistema mediático no tendría materia prima para construir sus obuses contra el gobierno. Es la hora de la reflexión y la profundización de un rumbo que está en riesgo, no de echarle la culpa a los demás.

En segundo lugar, corresponde terminar con la fantástica idea de que solo un grupo mediático, sin conexión con un espeso entramado de intereses económicos y sociales, puede desestabilizar al gobierno. La concentración del fuego sobre el "grupo Clarín" debe ser sustituida por una dinámica mucho más variada y decidida.

Si el grupo Clarín cumple el pestilente papel que, efectivamente, cumple en nuestro país, ello se debe a que, además de formar parte de los sectores dominantes, le da voz a fuerzas mucho más amplias y decisivas que el mero directorio de una empresa construida sobre sangre humana y extorsiones bajo tortura.

El grupo Clarín no agota ni mucho menos al verdadero enemigo del gobierno argentino y de las masas que lo sostienen y que, aunque más no sea por defensa propia, vamos a seguir votándolo hasta que –como supo decir la Presidente de la Nación– podamos tener, si es que la llegamos a construir, una opción superadora y no una oposición retrógrada y metepalos, que sí la hay.

El enemigo, hoy como ayer, es la oligarquía argentina, que se mantiene idéntica a sí misma en lo sustancial, aunque cambie de careta y pilcha para adecuarse a los tiempos y cambios tecnológicos y a las sucesivas reconfiguraciones del esquema mundial de explotación imperialista de los países semicoloniales.

La lucha contra la oligarquía es una guerra total porque total es la guerra que ella nos hace
A la oligarquía argentina tenemos que enfrentarla en todas sus dimensiones y en todos los frentes. No nos dará tregua ahora, y debemos librar una batalla que en octubre del 2013 la recluya otra vez en la soledad de su cavernícola y altivo desprecio por el conjunto del pueblo argentino. Luego se avanzará más.

Está muy bien que la Presidenta de la Nación increpe en una reunión de trabajo al inagotablemente banal señor Méndez, presidente de la Unión Industrial Argentina, por haber incursionado en la alta política, exigiéndole la enunciación del plan de medidas que le permitirían recuperar los votos que, según él, le hicieron perder sus decisiones de gobierno.

Nadie ignora que el señor Méndez, representante fiel de lo que piensa la mayoría de sus mandantes, recitaría el mismo recetario que vomitan los Ratazzi o los Melconián cada vez que huelen la proximidad de un micrófono. Y al forzarlo a hablar, la Presidenta genera la base de una polémica fértil y fecunda.

Pero no alcanza con eso. Es necesario reagrupar las fuerzas vivientes del pueblo argentino. Tiene que ser el pueblo argentino, desde las calles, desde las fábricas, desde todos los ámbitos que se consideren necesarios, el que enfrente a los sectores antinacionales del empresariado con su propia hipócrita perfidia y su canallesca codicia.

Un principio básico de arquitectura política es ubicar bien los materiales
El General Perón decía que “para construir una casa hasta guano se necesita”, y es cierto. Pero el secreto de la construcción radica en cómo se acomodan los distintos componentes en la estructura edificada. El soporte debe ser de un buen cimiento de hormigón (la clase trabajadora), luego vienen vigas, columnas y varillas, y finalmente, sí, ponemos lo demás, incluida paja, tierra y guano si el proyecto los requiere.

Pero si ponemos de soporte vigas, columnas y varillas (la “burguesía nacional” que representa el señor De Mendiguren) y hacemos el cimiento en el sobretecho, o directamente lo eliminamos, la vivienda se nos viene encima. O no resiste el primer viento fuerte. Y el nuestro es tiempo huracanado.

Las primarias del 2013 muestran que ese esfuerzo constructivo no puede efectuarse contando solo con el Frente para la Victoria, ni tampoco con Unidos y Organizados.

La experiencia del pueblo argentino es que tras la muerte de Perón una organización verticalizada hacia adentro, termina dirimiendo afuera sus discusiones, con la división de sus integrantes o termina de inmovilizar a los más dinámicos y leales (que son los que “se le animan” a la conducción, no los que ni siquiera se atreven a enunciar un pensamiento disidente).

El segundo caso debilita la representatividad general de la propuesta, pero es más grave el primero, porque cuando se dirimen las diferencias en elecciones generales se enfrenta sectores que deberían unirse contra el enemigo común. Esto, aclaramos, se repite si se “coordina” las cúpulas de los apoyos fraccionales en un organismo férreamente verticalizado, como es el caso de Unidos y Organizados.

En la práctica política concreta, esta idea, consecuencia de la propuesta del “vínculo directo” entre la presidenta de la Nación y la masa de los trabajadores y votantes, significó serruchar muchas de las ramas sobre las que se apoyaba el gobierno.

Y lo que es peor, muchas de esas ramas, en el fragor de la caída desde las alturas, terminaron hallando en el territorio del enemigo espacio para reimplantarse y echar nuevos brotes. El resultado de la división del movimiento obrero no pudo ser más triste.

Hay que abrir el juego del campo nacional a la expresión de sus componentes
Las clases sociales expresan sus objetivos incluso cuando no encuentran los canales adecuados. Cuando esto sucede, suelen expresarse de un modo incorrecto. La ristra de reclamos sindicales, compartida por todos los matices de nuestro lamentablemente atomizado movimiento obrero, no surge de un "interés corporativo", sino de la comparación entre la realidad del crecimiento paulatino de los ingresos de los trabajadores y la otra realidad del crecimiento astronómico de los ingresos del empresariado.

Y esto último no sería tan grave si no fuera porque, sin pudor ni vergüenza, los integrantes más parasitarios de esta casta (no clase) social han tenido muchas veces ingresos superiores a los de los más activos, dinámicos, reinversores y generadores de puestos de trabajo. Los rentistas y monopolistas han ganado más con la nueva política económica que los que ponen plata en el mercado para poder explotar mano de obra en su propio beneficio.

Un ejemplo transparente de lo que no se debe volver a hacer: el “impuesto a las ganancias”
Un ejemplo lo da el traído y llevado asunto del “impuesto a las ganancias”. Como su nombre lo indica, el mismo estaba orientado a obtener recursos fiscales gravando los ingresos de quienes invierten capitales para obtener un lucro personal, no de quienes perciben salarios trabajando para terceros. Para los sectores de la clase trabajadora que, por diversos motivos, habían logrado adelantarse al resto en la puja salarial, hacía ya largo tiempo que venía convirtiéndose, sin embargo, en un “impuesto a los ingresos” del trabajador.

Y eso, desde el punto de vista burgués. Desde el punto de vista inmanente del asalariado, el impuesto dejaba de cargarse sobre quienes derivan sus ingresos personales de la explotación del trabajo de terceros, para derramarse cada vez más sobre quienes trabajan para crear esos ingresos ajenos. Para el sindicalismo, era un gravamen al éxito en la negociación salarial, un tope a todas luces injusto desde el punto de vista de los trabajadores.

No historiaremos el largo desgaste que produjo la negativa presidencial a atender tempranamente los reclamos del movimiento obrero, que reputó “corporativos”. Sí recordaremos que, en el decurso de ese desgaste, llegaron a haber sostenes “progresistas” (y aún sedicentes miembros de la “izquierda nacional”) de este rumbo, que incurrieron en verdaderos saltos de acróbata de circo para “demostrar por izquierda” que entre la ganancia empresarial y el salario del trabajador de mejores ingresos no mediaba diferencia cualitativa alguna.

Pero ahora, tras la sabia decisión presidencial de duplicar, prácticamente, el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, conviene hacer un balance de las ganancias y pérdidas políticas que engendró la pertinaz negativa a tomar esta decisión (y otras, todas orientadas a ganarse el favor de los De Mendiguren que, ya sabemos, pagaron bien con mal): resultó negativo y redundó en pérdida de apoyo en las PASO además de atomizar el movimiento obrero en su conjunto.

Incluso ahora cabe acotar lo siguiente: aún el nivel alcanzado toca a ciertos asalariados y jubilados de “privilegio”, cuando lo que correspondería hacer sería lo contrario, poner una vara lo suficientemente alta como para pagar el costo fiscal de que algunos empresarios zafen por la exigüidad de sus ganancias con tal de tener a todos los asalariados en sentido estricto dentro de la exención correspondiente.

Si por motivos de debilidad fiscal esto no es posible, entonces habría que corregir los desbarranques engendrados por los “defensores programáticos” más o menos interesados de la injusticia incurrida. Para ello es fundamental explicar al pueblo argentino las razones que presiden la decisión ahora adoptada. Si esto no se hace, la demora previa seguirá engendrando malestar difuso y, por lo tanto, seguirá proveyéndole consumidores a las usinas mediáticas de la oposición bien perfilada.

Otro ejemplo: la Corte Suprema
El lugar que ocupa la Corte Suprema en el asunto ya eterno de la ley de medios y la rebelión de los cortesanos y las jerarquías de la administración de justicia en general son otro ejemplo de lo que venimos señalando.

Uno de los más grandes méritos del kirchnerismo fue la decisión de terminar de un golpe con la Corte milagrera de Injusticia que nos había legado la Década Abyecta del menemismo y su continuación delarruísta-aliancista.

Pero se cometió un error al momento de seleccionar los nuevos miembros que la integraron. El test de admisibilidad pecó de parcial e insuficiente. Sólo preocupó la posición de los postulantes en torno a la cuestión de los Derechos Humanos, y no su posición frente a temas tales como qué hacer con la dependencia nacional o la subsistencia del privilegio oligárquico. La nueva Corte, y en su momento Patria y Pueblo lo hizo notar, implicó un criterio excesivamente concesivo con la judicatura antinacional. Esto generó una Corte garantista (lo que es muy bueno) pero no necesariamente patriótica (lo que ya no es bueno), y mucho menos democrática, salvo en un sentido abstracto y restringido.

Pues bien, hace meses ya que esta Corte Suprema supo olfatear la sangre de una herida abierta en el costado del movimiento nacional, y obró en total consecuencia. A todas las acordadas que solo buscan defender su primacía sobre los gobernantes electos por el pueblo argentino, los integrantes de ese cuerpo suman ahora la insólita intentona de convocar a una audiencia cuyo objetivo secreto es sopesar hacia dónde se inclina la balanza frente a la cuestión de la plena vigencia de la ley de medios.

No hay ya nada allí que merezca auditarse, en verdad, sino una ley aprobada con mayoría especial que aún no se pudo poner en práctica. Y la Corte lo sabe. Pero convoca a una insólita audiencia donde el gobierno electo por el 54% de los argentinos tendrá que enfrentarse “de igual a igual” con un monopolio privado que -como verdadero ejército en operaciones que es del conjunto de las clases sociales vinculadas a la dependencia y la injusticia social- no se ahorra infamia para mantener bajo su poder la opinión pública de los argentinos.

Esta grosería togada demuestra que democratizar la justicia significa, en realidad, nacionalizar la corte. Este tipo de cosas no sucederían si la Corte Suprema fuera nacional además de garantista, es decir si tuviera en cuenta entre sus considerandos, en primer lugar, el interés nacional de los argentinos. No otra cosa hace, con aburrida sistematicidad, la Corte Suprema de los Estados Unidos, pero la nuestra encuentra que el abstracto “derecho” del déspota privado de las conciencias es más importante que el concreto deber del gobierno de quebrar ese despotismo mediático.

Ahora bien, nacionalizar la corte implica, como paso previo, movilizar al conjunto de la población para que pase por encima de las garantías leguleyas de que goza en nuestro actual régimen la impunidad jurídica de los poderosos. Pero este incidente permite medir además el resultado de haber pensado que se podía gobernar en función de país rompiendo al mismo tiempo la alianza con representantes de los trabajadores que hasta entonces lo venían apoyando (entre ellos estaban los judiciales, botón de muestra de muchas dificultades que el propio gobierno se puso en el camino).

Asombrarse porque la Corte Suprema de Justicia de la Nación se autoimponga como “legisladora de última instancia”, como lo hizo recientemente el Dr. Massoni, ex fiscal anticorrupción del gobierno de la Alianza, revela una ingenuidad institucionalista completamente inadecuada para el momento que atravesamos. Es natural que un abogado “progresista” como el Dr. Massoni se encandile con este espejismo, pero no puede hacerlo un gobierno de origen, constitución y proyecto nacional.

El gobierno argentino actual no puede olvidar –como decía José Hernández, ése es un modo de tener memoria– que en 1945 la Suprema Corte fue la última palanca que el sistema oligárquico intentó usar para impedir las elecciones que al año siguiente llevarían al General Perón al poder. En el régimen oligárquico y so pretexto de defender la institucionalidad, la Corte siempre fue el último bastión de las clases partidarias de la dependencia nacional y el atraso socioeconómico.

La única garantía está en sacar a la calle al pueblo, no solo a la militancia
Asumir este hecho, sin embargo, nos devuelve a las consideraciones generales por un camino distinto: o se retoma con plena conciencia el camino de una revolución nacional apoyada en primer lugar en los trabajadores o se termina en manos de una progresía, lo que no sería grave si no fuese que esa progresía (el alfonsinismo y la “izquierda” de De la Rúa son dos ejemplos), tal como los viejos “nacionalistas oligárquicos”, existe ante todo para devolverle el poder a los enemigos del pueblo cada vez que hay un gobierno nacional en la Casa Rosada.

Lo demás, viene por añadidura: para garantizar la continuidad del rumbo, hay que convocar a las masas a las calles y lanzarse con todo a la raíz de los problemas. Están en juego, y solo hacemos un breve listado, la ley de medios, la democratización de la justicia, el desarrollo industrial, la redistribución de los ingresos, la democratización y expansión de la cultura y la educación, la continuidad del propio gobierno en suma.

Solo se las podrá garantizar si se apela a una ampliación de las apoyaturas, si esa ampliación se expresa en una decidida apuesta al control del espacio político por un sistema de movilización, y si se pasa a gobernar a partir de la reiterada y decisiva apelación a la movilización de las masas.

Para ello hay que retroceder en errores del pasado reciente. Ante todo, el gobierno debe, por su propio interés, recomponer su relación con todos los sectores del movimiento obrero que, estén donde estén ahora, acepten reorganizarse en función de la defensa del rumbo adoptado por el kirchnerismo. El gobierno debe colaborar activamente para que el movimiento obrero se reunifique con todos sus matices. “Algo” habrá que pagar, efectivamente, si se sigue este camino.

Pero insistir en la tesis de que los reclamos obreros son “corporativos” genera un malestar difuso pero inequívoco en una parte sustancial del apoyo al gobierno. Lo que corresponde es atender, y no como dádiva sino como justicia derivada explícitamente de la movilización de los interesados, todos los reclamos del campo nacional que, por quedar insatisfechos, lo engendran. Nuestro gobierno, algo alejado de la percepción del ánimo popular, no supo atenderlo a tiempo: una derivación del orden vertical es que nadie le dice al rey que está desnudo, cuando esto ocurre.

La “división mediática” del ejército enemigo, encabezada por el “grupo Clarín” esmerila al gobierno aprovechando el malestar difuso. Ésa es el arma del enemigo, reencauzar esos malestares parciales y difusos en contra de Cristina Fernández de Kirchner.

Pero además, hay otra cosa que cambiar, y es la idea de que esa “división de combate” es, por sí y para sí, un sujeto histórico. El enemigo debe identificarse claramente con la oligarquía y no con el “grupo Clarín”. Secundariamente, eso servirá para que Lanata, El Grosero, no pueda presentar a este monstruo como una pobre víctima de la maligna ferocidad kirchnerista. Y, lo que es mucho más importante, arrojará claridad sobre el conflicto real que estamos viviendo.

En rigor, lo que hace la oligarquía a través del grupo Clarín es aprovechar la libertad de mercado para vender su producción intelectual para uso de los pobres. La perfidia no está en el "grupo Clarín", que en este asunto no es más que un acaudalado y eficaz mandadero. La perfidia está en el mercado de las comunicaciones, que convierte en objeto de especulación y concentración licencias de uso del espectro radioeléctrico que en rigor pertenecen al país entero.

También la fertilidad pampeana pertenece al país entero, pero la libertad de mercado (y su garantía, que es el Código de Propiedad de la tierra y la ausencia de todo límite a la tenencia y uso de los recursos del suelo) la deja en manos de quienes son el verdadero poder detrás del grupo. Para terminar definitivamente con el “grupo” maléfico (y con todos los que pueden sustituirlo, si desapareciera), debemos en el fondo retornar a la raíz del problema: es urgente ponerle fin al régimen oligárquico, para que no pueda retornar al poder. No hay otro modo de lograr que ganemos década tras década, sin volver atrás. Es un “nunca más” que los argentinos nos debemos.https://mail.google.com/mail/u/0/images/cleardot.gif

Mesa Ejecutiva Nacional:
Néstor Gorojovsky, Secretario General
Hugo Santos, Juan María Escobar, Bailón Jerez, Lorena Vazquez, Rubén Rosmarino, Jacinto Paz, Edgardo Sánchez, Silvio Zuzulich, Aurelio Argañaraz, Pablo López.



[1] Y no solo en el terreno ideológico-político, dicho sea de paso. En el caso específico de la creación de una “burguesía nacional”, hubiera sido mucho más efectivo poner como uno de los ejes centrales del plan económico la experiencia de las fábricas recuperadas por los trabajadores, en lugar de considerarlo un tema económico menor o una cuestión de carácter social. Más allá de las ilusiones de sus panegiristas o de los temores de sus detractores, la recuperación de fábricas es, simplemente, la creación de una “burguesía nacional” de base popular y proletaria ante la imposibilidad de que la “burguesía nacional” de los esquemas ideales suba, justamente, de la idea a la materialidad. No otra cosa hacía en su tiempo José G. de Artigas con su exigencia de que, en los repartos de tierras, los más desgraciados fueran los mejor atendidos.
[2] Basta para ello con que aparezcan los fondos. Si la apuesta se hace seria pueden llegar a aparecer, porque para el imperialismo será la inversión a cuenta de la reincorporación de la República Argentina al bloque de los países sometidos. Una vez devuelto el “negro rebelde” a la plantación, ya se encontrarán las maneras de obligarlo a pagar el costo insumido por su recuperación y nueva reducción a la servidumbre.