GÜEMES Y LA “GENTE DECENTE” DE SALTA

Por Jorge Enea Spilimbergo

El nuevo aniversario de la muerte de Güemes, que se cumplió el 17 de junio, dio lugar a las conocidas efusiones patrióticas. Pero estos homenajes al caudillo popular ocultaron escrupulosamente el real significado de su acción militar y política, así como las causas que determinaron su muerte a los 36 años en manos de la misma oligarquía salteña que aún hoy mantiene su poder infame integrada a la oligarquía "nacional".

A diferencia de Artigas, Güemes mereció el indulto póstumo del partido unitario y los historiadores oficiales seguidores de Mitre. Pero esta entrada en redil se debe únicamente al hecho de que Güemes acertó a morir oportunamente. Por otra parte, la gloria póstuma servía para tapar el proceso del asesinato de Güemes por la oligarquía salteña en connivencia explícita y directa con las armas del Rey de España y apuñalando por la espalda la empresa liberadora de San Martín en Perú. Los Uriburu, Cornejo, Saravia, Zuviría, Benitez, Figueroa y demás asesinos de Güemes en complicidad con el invasor realista, tuvieron abundante y funesta progenie que ha sabido guardarse las espaldas de la honorabilidad patriótica con el mismo celo con que los Mitre han creado el mito del siniestro caudillo de la bárbara oligarquía bonaerense.

El asesinato de Güemes, rubricado por la designación por aquella pérfida oligarquía del jefe de los ejércitos realistas como gobernador de Salta, significó la pérdida definitiva de las provincias del Alto Perú (Bolivia), que habrían de ser liberadas y erigidas en Estado independiente por Bolívar y Sucre. La empresa americana de la generación de la Independencia sufría así un colapso decisivo por el lado argentino, ya que dejaba a San Martín en inferioridad operativa frente a los españoles y le obligaba a ceder al libertador Bolívar la parte final de la campaña. Pero estos alcances no fueron tenidos en cuenta por los autores del complot oligárquico para quienes se trataba, exclusivamente de producir una contrarrevolución social, un golpe de Estado contra el gauchaje y la democracia militar del barbudo comandante de la guerrilla patria. Como volvería a ocurrir innumerables veces en nuestra historia hasta los amargos días que vivimos, la causa de la soberanía y la afirmación nacional se encarnaba en los estrados más humildes, numerosos y explotados de la población, mientras la oligarquía - la clase "decente" como entonces se decía, el vecindario "distinguido" que formaba el "pueblo" de los cabildos abiertos ligaba su destino a la balcanización, la rapiña y el vasallaje. No es difícil designar por sus nombres a los traidores a la patria aunque se corra el riesgo de ir preso por ofender a algún "pundonoroso".

La imagen que se nos ha dado de Güemes es la de un monaguillo unitario que defendió como Robin Hood una frontera desamparada permitiendo a San Martín hacerse el Aníbal con el Ejército en los Andes. Esta Imagen es falsa. Güemes, gobernador de Salta desde. 1615, a los 29 anos, defendió con método de guerrillas las quebradas jujeñas y los valles de Salta rechazando ocho invasiones, de las cuales la tercera dirigida por los generales Ramírez y Canterac, fue realmente formidable. Pero esta guerra que dejó a Salta victoriosa aunque arrasada no se llevó a cabo con métodos guerrilleros porque la empresa de San Martín hubiese absorbido la totalidad de las armas nacionales. Allí estaba, a pocas jornadas, el Ejército del Norte, inmovilizado en Tucumán desde la retirada de Sipe Sipe hasta la marcha hacia Buenos Aires en apoyo del Congreso unitario, oportunamente desbaratada por el pronunciamiento de Arequjto. ¿Por qué, en más de cuatro años, ese ejército, a todas luces respetable por el número de sus efectivos, su parque, oficialidad y caballadas no osó moverse en apoyo de las bravas milicias gauchas que combatían sobre Salta y Jujuy ?

La respuesta la suministra el eminente historiador salteño don Bernardo Frías en el IV tomo de su "Historia del General Güemes y de la provincia de Salta, o sea, de la independencia Argentina" Título tan pretencioso es en buena medida, justificado, aunque merecería este subtítulo: "E historia de la infamia oligárquica en Salta, o sea, de la conjuración contra la independencia argentina". Esta historia, como gran parte de la bibliografía fundada en el manejo de los archivos provinciales y las tradiciones familiares locales yace sepultada en su misma publicidad.
Para entender esta paradoja hay que decir que don Bernardo Frías, hombre de la “clase decente" salteña pero dotado de objetividad crítica (y sobreabundante de documentación) dedicó largos años, en los comienzos del siglo, a los ocho tomos de su obra, de los cuales sólo los tres primeros vieron la luz en vida del autor. Los decisivos tomos IV y V publicáronse en 1954 (segunda gobernación Durand) y en 1961 (Comisión Salteña del Sesquicentenario), respectivamente. Lo modesto de la tirada - mil ejemplares – aseguraba que el honor no implicase publicidad, máxime porque, como sucede con estas ediciones oficiales, casi todos sus ejemplares duermen un sueño institucional en los más impensados anaqueles públicos y privados. En cuanto a los tres tomos finales, siguen en estado de manuscritos. Pero quien desee un atisbo del material suministrado por Frías puede consultar al tomo VIII de la Historia de Vicente Fidel López, quien relata entera aunque suscintamente los episodios que desembocaron en el asesinato del comandante guerrillero, gobernador de Salta y general en jefe del Ejército Expedicionario al Perú (así designado por San Martín en junta de generales y reconocido por todas las provincias), general don Martín Güemes.

La causa de la inactividad del Ejercito del Norte acampado en Tucumán es la misma por la cual, hacia la misma época, el director Pueyrredón y el Congreso unitario dejaban a los portugueses invadir impunemente a la Banda Oriental. Si en un caso se admitía preferible que una provincia argentina se perdiera a que un caudillo federal la gobernase, en el caso de Güemes el plan consistía en hacerlo servir de paragolpes, dejar que las tropas españolas lo liquidaran y liquidar a su vez a los godos sobre Tucumán, previsiblemente debilitados por el accionar de las milicias salteñas. Se mataban así dos pájaros de un tiro, aunque en uno y otro caso el territorio nacional quedase desgarrado en girones.

Tanto Salta corno la Banda Oriental tenían una decisiva importancia estratégica en la querella del federalismo. Si éste no lograba abrirle "puertas a la tierra” estableciendo su propio enlace geo - económico con el mercado mundial, acabaría estrangulado por el puerto de Buenos Aires y la oligarquía bonaerense, como en efecto ocurrió, bajo la divisa unitaria de Rivadavia, "federal" de Rosas y separatista o "nacional” de Mitre. Pero el portugués Lecor ocupaba Montevideo y el godo Olañeta Salta. Desmoronada la democracia militar, gaucha y americanista de Güemes. Salta recién ahora se convertiría en frontera – límite, dejaba de ser la frontera combatiente, la puerta armada hacia el Alto Perú y el Pacífico.

Porque junto al Güemes defensivo, que tapó la frontera norte para hacer posible la campaña de Chile, está el Güemes ofensivo a quien San Martín encomendará la campaña del Alto Perú en conexión con su campaña sobre Lima y la del General Arenales sublevando la Sierra peruana. Esta expedición se reputaba indispensable por la necesidad de dividir los efectivos españoles, calculados en 24 mil hombres contra los 8 mil de la expedición sanmartiniana, impidiendo que se concentraran sobre el Capitán de los Andes.

A tal fin respondió el nombramiento de Güemes como general del Ejército Expedicionario al Perú, recibido en Salta el 2 de agosto de 1820, un mes antes del desembarco sanmartiniano en la costa peruana. Habiendo quedado Salta desolada por la tercera invasión española (cuyos efectivos lograron apoderarse durante cierto tiempo de la misma capital) parece increíble que se hubiese encomendado a Güemes organizar una ofensiva hacia el norte.

Pero San Martín medía en sus reales dimensiones el temple del líder salteño y el entusiasmo patriótico de sus gauchos. De hecho, faltó un pelo para que al abandonar Salta y retirarse hostigados por la Quebrada de Humahuaca, los españoles no fueran rodeados y rendidos por las milicias de Güemes que volaban en su persecución. Si éste no fue el epílogo de la tercera invasión se debe exclusivamente al sabotaje indescriptible del gobernador tucumano Aráoz y del Ejército de Norte, a quien los gobernantes porteños consideraban apto para marchar sobre Buenos Aires para batirse por la constitución unitaria, pero inepto para avanzar sobre los ejércitos del rey en derrota. Mucho menos pedía Güemes: algunas caballadas de refresco para seguir la persecución que, al faltarle por la acción deliberada que señalamos, dejaron escapar la presa y le permitieron rehacerse en Tarija y Mojos.

Ahora se hacía necesario operar contra ellos nuevamente, aunque en plan ofensivo; pero, mientras tanto, la batalla de Cepeda había liquidado las autoridades nacionales, ya no existía Director Supremo, el Congreso unitario se había dispersado. La leyenda mitrista pretende que los caudillos traicionaron la causa de la Independencia al derribar el poder nacional. Pero sabemos que éste cayó cuando intentó traer a Buenos Aires los ejércitos de Chile y de Tucumán. Los caudillos, por el contrario, apoyaron activamente, salvo excepciones, la continuidad de la guerra nacional. Bustos urgía la convocatoria de un nuevo Congreso Constituyente a fin de vigorizar la unidad y la guerra exterior, y una de las exigencias que esgrimieron los gobernadores de Salta, Santiago y Catamarca al suscribir el pacto del 12 de abril de 1821 contra el tucumano Aráoz fue la de obligarlo a mandar diputados a ese Congreso. Pero el plan fracasó, como es sabido, por la resistencia de la provincia de Buenos Aires, cuyo ministro Rivadavia anticipaba en las instrucciones a los diputados la tesis que años después esgrimiría Rosas en su célebre carta a Quiroga. Esa misma Provincia era capaz de gastar el equivalente de 10 millones de pesos en las fiestas mayas de 1821, pero no daría un auxilio para la marcha de Güemes sobre el norte.

Así y todo, Córdoba envía 350 coraceros al mando de Heredia, Santiago reúne fondos y medios considerados para proveer a la vanguardia del nuevo ejército nacional, que ya enero de 1821 se mueve sobre Humahuaca. Catamarca recluta fuerzas. El viejo general Ocampo, gobernador de La Rioja, se ofrece a marchar a las órdenes de Martín Güemes. Este, mientras tanto, ha reunido 2.500 hombres en operaciones, bajo el mando inmediato del tucumano Heredia (uno de los sublevados do Arequito), remitido por Bustos al frente de la división cordobesa. La exigüidad de estas fuerzas se compensaba por la debilidad política imperante en el bando español, cuyo jefe, el general Olañeta, no podía unificar a sus 4.000 hombres, casi todos americanos, profundamente trabajados por la propaganda patriótica. De hecho, a fines del año anterior, Güemes había logrado organizar una formidable conspiración en el ejército español, de la que participaba la guarnición de Oruro (parque militar de primer orden), con los cuerpos de Chilotes, del Centro y de la Reina, y los Cazadores y Partidarios, apostados con Olañeta en Potosí.
De esta Conspiración formaba parte, incluso, el gobernador de Oruro, coronel Fermín de la Vega, y la dirigía el coronel Mariano Mendizábal, jefe del regimiento de la Reina, contando con la mayoría de la oficialidad americana. Pero la demora impuesta a Güemes por la negativa de los auxilios falazmente prometidos por el tucumano Aráoz, determinaron el descubrimiento del Complot y su represión en sangre.

Una vez más le traición interna impidió abrir el camino del Alto Perú sin disparar un solo tiro y marchar con ejército reforzado hacia la ciudadela del poder español. Debe recordarse que los auxilios de Aráoz se referían a los implementos del disuelto Ejercito del Norte (liquidado en Arequito), propiedad de la Nación, reclamados por Güemes con títulos suficientes, en su calidad de comandante en jefe designado y reconocido de un ejército nacional.

A pesar del fracaso de la conspiración patriota, el espíritu subversivo campeaba en las filas de Olañeta, tanto más ahora que el virrey había llamado a los cuerpos, españoles para que reforzaran la defensa de Lima, dejando en la frontera sur, a los cuerpos formados por americanos.

Pero el Ejército argentino jamás franqueó la altura de Humahuaca, alcanzada, a principios de ese año de 1821. Seis, meses después, el 17 de junio, Güemes moría a consecuencia de las heridas recibidas de la vanguardia española que lograra infiltrarse hasta la misma ciudad de Salta por la traición de su "clase decente".
, Este episodio trágico e infame simboliza y tipifica el enfrentamiento prolongado hasta nuestros días entre el pueblo argentino y la oligarquía antinacional. La infamación y la traición desplegadas, los lemas “republicanos” y "democráticos” contra el "tirano", el clamor de la "'propiedad" ofendida, la genuflexión "patriota” ante el enemigo extranjero, los auxilios de la autoridad eclesiástica, la injuria contra la chusma y el mulataje, el odio abyecto que va mas allá de la tumba, no podrían sorprender a ningún argentino que haya vivido en su patria en los últimos doce años, aunque el paralelo, las “constantes oligárquicas", sí sean impresionantes. Como este aluvión denigratorio de la gente “decente” tiene a su manera su imponencia, es indispensable conocer su dimensión histórica, sus ramificados episodios, principalmente allí donde la perspectiva del tiempo permite con toda claridad medir el abismo entre esa “imponencia” y su realidad miserable y ruin.

Y nada mejor que recurrir a este episodio tan sepultado y tan paradigmático de nuestros orígenes, como ilustración y enseñanza de lo que es una guerra popular revolucionaria, de cómo la soberanía política se llena en el proceso de la lucha de un contenido social revolucionario, y de cómo la oligarquía antepone invariablemente la mezquindad de sus privilegios a los objetivos de la Nación.

LA INMOLACION DE GÜEMES

La hostilidad levantada a retaguardia por el tucumano Aráoz impuso a Güemes un paréntesis en los preparativos para invadir el Alto Perú en apoyo de San Martín. La campaña contra el gobernador de Tucumán se hizo inevitable cuando éste atacó a Santiago para impedir que Ibarra enviase dinero y materiales al ejército de Güemes. Este arrolla a Aráoz hasta las mismas puertas de su capital. Pero el astuto tucumano aprovecha una momentánea ausencia de Güemes para enredar al sustituto Heredia en negociaciones y batirlo en la sorpresa de Marlopa (3421). El imprevisto desastre acelera la conspiración en Salta, mientras Olañeta avanza nuevamente, para aprovechar las discordias en el campo patriota. Pero una encerrona magistral del vicegobernador Gorriti captura en Humahuaca la vanguardia de Olañeta (30 de Abril), obligándolo a retroceder hasta Mojos. Güemes, en tanto, se rehace en Rosario de la Frontera y su vanguardia (a las órdenes de Vidt, ex oficial napoleónico) vuelve a operar en las afueras de Tucumán.

Aráoz, entonces, ordena al coronel Arias (ya en tratos con Olañeta) que avance hacia el valle de Lerma por la apartada ruta de Las Cuestas, en apoyo de la conspiración que trama la "clase decente" de Salta. La capital tucumana hervía de exiliados salteños, quienes azuzaban en Aráoz el temor de que Güemes, so pretexto de guerrear contra España, se fortaleciese militarmente. Estos exilados y la "buena sociedad" tucumana captaron para la conspiración a los comandantes salteños y al propio general Heredia.

Era indispensable que todos estos hilos se urdieran en un viso de legalidad. A tal fin, el 24 de mayo reúnese en Salta un cabildo abierto semejante a aquel otro de 1815 que hiciera de Güemes gobernador. Este plenario de la "clase decente", por abrumadora mayoría, derroca a Güemes, le quita la "ciudadanía" salteña y lo destierra de la provincia nombrando gobernador a Saturnino Saravia y comandante dé armas a Antonio Cornejo. Los facciosos se apresuran a armarse y distribuyen abundante dinero entre la "plebe" con la despectiva convicción de apartarla del "demagogo".

Pero bastó a Güemes presentarse con 25 hombres de escolta ante el ejército adversario en las afueras de Salta y arengarlo bravamente, para que los batallones se pasasen en masa y huyesen los "decentes" con justificado pánico. Así se hundió la "revolución del comercio", como la llamaron sus autores con lenguaje más franco que el de sus cíclicos herederos. Güemes autorizó por primera vez ciertos saqueos y encarceló a los que no pudieron huir; pero no dictó condenas capitales, Como era derecho y costumbre.

Uno de los fugitivos, el comerciante Benítez, se refugia en la vanguardia de Olañeta (que avanza sigilosamente mientras el grueso del ejército español fingía un repliegue a Oruro). El jefe de esa fuerza, coronel Valdez, concibe entonces el audaz plan de capturar a Güemes en su propia capital, para lo cual Benítez supo guiarlo por la inaccesible senda del Despoblado hasta las puertas de Salta (7 de junio). Aunque este presencia fue advertida desde varias casas principales, un silencio cómplice ocultó los indicios. Güemes pernoctaba en casa de su hermana, que Benitez señaló al jefe realista. Varias patrullas la rodearon, y cuando Güemes rompió con su escolta el cerco y casi tocaba las afueras, una bala alcanzó a herirlo. Diez días después moría en brazos de sus gauchos.

Al clarear el 8, Valdez rinde a la guarnición del Cabildo con el auxilio de los conspiradores allí presos. El 10 entra Olañeta, y el 16 el mismo Cabildo abierto que destituyera al "tirano" designa al general realista gobernador de Sa1ta, no bajó presión del miedo sino de la gratitud, como lo testimonia el comandante de armas designado por la "revolución del comercio", Antonino Cornejo, en su mensaje a Olañeta: “La gratitud es ciertamente con la que debió manifestarse a V. S. la virtuosa Salta, por haberle debido su sacudimiento del bárbaro poder de un déspota que, a la funesta sombra de una libertad rastrera, fue el mayor de los tiranos”. El epílogo de esta deshonra sería el acuerdo entre los "gobernadores" Olañeta y Cornejo, que pacificaba la frontera, retirándose Olañeta a Humahuaca. Los "decentes" arguyeron imposibilidad de hacerlo mas decorosamente; pero su “falta de medios" era su miedo a los gauchos, quienes, ya sin jefe, aún hostilizaron al español y hasta le provocaron 300 deserciones durante la retirada.

Con Güemes moría el impulso americano en la frontera Norte, desgarrábase el Alto Perú, perdía San Martín su nexo estratégico con el Plata y obligábase al “renunciamiento" de Guayaquil; cerrábase la ruta del Pacífico como contrapeso al centralismo porteño; empezaban la balcanización, la dictadura oligárquica, el patriotismo de la entrega. Veamos ahora cuales fueron las causa del odio a Güemes y a su causa americana.

“Todo vino así a acumularse sobre Güemes: él era el falsificador de la moneda; el corruptor de la masas ignorantes, antes respetuosas y ordenadas; el responsable de la destrucción del comercio del Perú". Andaba en tratos con el enemigo. Se rodeaba de una turba de delincuentes, “La Gavilla”, cuyos desmanes "daban los rasgos más hondos del sistema infernal o sistema de Güemes. Zaheríanlo con la pasión amorosa, que veían era su flaco. Y pues entregaba a sus comandantes la dirección de los combates, tomaron tal conducta como signo visible de su cobardía personal, que comenzaron a atribuirle . . Los libelos corrían en arte métrico. de mano en mano, por los cuales derramábanse los escapes de su odiosidad para con él”

Sobre todo, hubo una causa “que excedió en poder para formarle una atmósfera de odio: la inclinación que empezó a mostrar por la plebe. La plebe era tres veces superior en número a la gente decente, mezcla grosera de todas las razas, en que sobresalían los mulatos. Siendo libertos, tratarlos como esclavos era para ellos le más importante ofensa. De estos libertos y demás gente libre de la plebe se formaba el batallón de los Cívicos (400 plazas). Ejercían todos los oficios viles: zapateros, blanqueadores, talabarteros, sastres y albañiles. Por lo general, eran aquellos mulatos fornidos y altos, de voz estentórea, entusiastas por la política, de natural y bulliciosas sus aclamaciones. En estos casos, formaban las puebladas, que era así como ejercían la vida pública, puebladas terribles a veces”.

“Güemes, que carecía de recursos y necesitaba de esta gente para hacer la guerra, trató de captarse su voluntad e infundirles la noción de sus derechos; con lo que el mulataje, de natural altanero y atrevido, fue tomando alas hasta convertirse en una "malvada e insolente canalla" que alcanzaría. a imponer su repugnante dominación".

"Tal como estaban las cosas, la guerra no podía sostenerse sino con el apoyo espontáneo de la plebe; que al fin, sin paga, muchas veces sin pan, era la que iba a derramar la sangre. y si Güemes exaltaba a los derechos del hombre en las muchedumbres, también las contenía en los lindes del orden social, pues - necesitando también el apoyo de la clase rica - trataba en aquella difícil situación de mantener el equilibrio". Y así no ofrecía repartir las tierras ni las fortunas; no era "un revolucionario en ese orden, mostrando más bien un espíritu conservador".

Los "decentes" conspiraban desde 1817. El complot “no era ni federal ni unitario"; querían "liberar la provincia del yugo de un tirano aborrecido". La conspiración comenzó al fracasar las instancias ante Pueyrredón y Belgrano para que éste ocupara a Salta y derrocara a Güemes con el Ejército del Norte. Abortados los intentos de 1817 y 1818, en 1819 se suma a los manejos el coronel Arias, quien propone "hacer las paces con los españoles: en la primera vez que cargue el enemigo, nos presentamos todos e imploramos el perdón del Rey" (Archivo prov. Salta).

Se llega a sobornar a Panana para que asesine a Güemes, quien lo descubre y desarma. Y aunque Güemes perdona a todos los complotados, "su clemencia sólo dio por fruto el calzar en la lengua de muchos de sus terribles adversarios el candado del silencio".

Estas conspiraciones eran alentadas por la hostilidad de los unitarios porteños. "Desde 1815, para ello, Güemes había sido en el Norte lo que Artigas en el Oriente: un prototipo de los tiranos". Fracasada la Constitución de 1819, la "juventud liberal salteña" (unitaria o federal) quiso "organizar" la provincia, pensando así deshacerse pacíficamente de Güemes e imponer "el orden y la libertad".
Facundo Zuviría, Juan Marcos Zorrilla y Dámaso Uriburu encabezaban este partido que se llamó "la Patria Nueva", el cual contaba "con casi toda la gente decente, ilustrada, rica y culta". A las causas expresadas de esta unanimidad añadíase el deseo de "constituir la provincia legalmente sobre el sistema representativo. Los seducía la implantación del verdadero gobierno constitucional en Francia por Luis XVIII, cuyas Cámaras llenaban de novedad el mundo. El sistema francés era el asunto de moda de toda la gente intelectual". Se trataba, obviamente, del parlamentarismo aristocrático impuesto por la Restauración.

"Ya es necesario, decían, que se pongan frenos a la autoridad. No es ésta la manera de gobernar a hombres libres; queremos que se gobierne con formas".

"Viendo que los trabajos subversivos lo ponían a riesgo de ser derrocado y que aquella oposición se la hacia la gente decente, no encontró Güemes más apoyo que echarse en manos de la plebe. Y como la clase decente estuviera formada de la raza blanca, la lucha de razas se inició en Salta". El general acudía a los campamentos, alejaba a los oficiales ("por lo común, de la clase enemiga") y arengaba a sus tropas con "las nuevas doctrinas, subversivas a su vez contra el antiguo orden social".

"Por estar a vuestro lado - les decía - me odian los decentes; por sacarles cuatro reales para que vosotros defendáis su propia libertad dando la vida por la Patria. Y os odian a vosotros, porque, os ven resueltos a no ser más humillados y esclavizados por ellos. Todos somos libres, tenemos iguales derechos, como hijos de la misma Patria que hemos arrancado del yugo español. ¡Soldados de la Patria, ha llegado el momento de que seáis libres y de que caigan para siempre vuestros opresores!"

"La guerra de clases había sido declarada. El sistema infernal se desarrolló desde esta hora de manera tremenda y espantosa. Güemes concedió una extremada licenciosidad a sus gauchos; la propiedad, sobre todo, quedó sin amparo. El mulataje fanatizaba la venganza de su condición". de nuestros días. "Habían llegado a tal extremo las cosas que, como decían, "el gobierno de Güemes es la negación de todo gobierno". De ahí brotó en los decentes un odio tan fuerte que, en la mayor. parte de ellos, ni el tiempo largamente corrido después de su muerte pudo ser capaz de extinguirlo. "No me hables mas de ese bandido - oíamos decir a los últimos viejos que alcanzamos de aquellos tiempos, a los 60 años de pasadas estas cosas. ¡Dios lo haya perdonado!"

DE LA GUERRA NACIONAL A LA GUERRA SOCIAL

El análisis de Frías que hasta aquí hemos transcrito, señala con claridad dos momentos en la radicalizacíón política de Güemes. Estos dos momentos se suceden a partir de las exigencias de la propia lucha nacional. La lógica interna de esa lucha, al exigir crecientes sacrificios en hombres, equipos y dinero, impuso a Güemes, surgido de la clase dominante salteña, una creciente radicalización de su política.

El primer momento es de carácter democrático. Como bien señala Frías, Güemes se limita a prometer a los gauchos, artesanos, etc. la igualdad política,. la igualdad ante la Ley.

"Pero no les ofreció dar las tierras del Estado, ni los sobrantes de las tierras de los ricos, no obstante poseer éstos leguas y leguas de campos sin cultivos; ni les repartió la fortuna de los enemigos; ni los colocó en la altura dirigente de la sociedad. no siendo por tal manera, un revolucionario en este orden, mostrando más bien en esto un espíritu conservador". Se trataba, en consecuencia, de asegurar un frente único entre el sector "decente" y el “plebeyo", acorde con el carácter nacional de la lucha. Sin embargo, la mera concesión de los derechos políticos implicaba una amenaza al orden constituido, que el grupo dirigente no pretendía modificar mediante la independencia, sino adaptarlo aun más a sus necesidades.

Por eso, subraya Frías, "las consecuencias no fueron tan bellas como las teorías, porque la clase decente vino forzosamente a significar para (la plebe rural y urbana) como un representante de la antigua opresión. Los hombres decentes comenzaron a ser heridos por la canalla fanatizada y ensoberbecida".

Ahora bien, la lógica interna de la lucha nacional obligó a Güemes a radicalizarse socialmente, pues de otro modo no habría podido solventar los gastos de la guerra. Al mismo tiempo, las clases dominantes comenzaron a resistir mayores contribuciones, y esto creó una causa complementaria de tension. De esta manera, el frente único entró en crisis, y Güemes tuvo que apoyarse en los estratos más explotados contra la aristocracia salteña.

Frías describe con sorprendente claridad este segundo momento de la lucha. "Por 1816 hizo Güemes una asamblea de notables afincados en la campaña y expuso la necesidad de sostener la guerra con los propios recursos de la provincia. No alcanzando para pagar a los gauchos milicianos que servían gratuitamente a la Patria, nada más justo, les presentó, ni equitativo, que concederles la gracia, mientras prestaran sus servicios a la Nación, de que no pagaran sus arrendamientos por las tierras que ocupaban. La asamblea sancionó generosamente el pensamiento.

"Pero, resultó a poco que aquellos hombres comenzaron a considerarse como no sujetos ya a su patrón por vinculo obligatorio sino voluntario a su buena gana; generalizándose el caso de que en cuanto el propietario les exigía prestar la obligación (trabajo personal por 15 ó 20 días en el año, durante siembras y cosechas; el propietario les daba el usufructo de una parcela y los instrumentos y semillas; el arrendero pagaba una renta anual en dinero y la "obligación") hacíanlo a su albedrío, o se le negaban orgullosamente respondiéndole que el general les tenía dicho e informado no tenían que pagar arriendo ni servicio por las tierras ocupadas, porque tenían que servir a la Patria. Aún regía el apremio personal por deudas, y cuando el propietario trataba de llevar las cosas por la fuerza, el gaucho fugaba buscando el amparo de Güemes, que le daba protección".

"Cosa idéntica acontecía con los que habían sentado plaza de soldados bajo sus banderas, porque la prohibición general de que fueran ejecutados ni compelidos al pago de cualquier cosa que adeudaran, pues era gente infeliz que sin sueldo ni recompensa prestaba sus servicios a la Patria, así con sus escasos intereses como con su propia vida. Justo era que el acreedor que no prestaba estos servicios militares contribuyera de este modo a la causa, pública, no exigiéndolo". Como vemos, Güemes se vio obligado a interferir en las relaciones de distribución con el objeto de pagar parcialmente a sus tropas, congelando los arriendos feudales y el cobro de deudas. Inicialmente, la clase dominante aceptó el criterio, que se imponía como necesidad de las operaciones militares. Pero terminó por resistirlo, conforme la carga de la guerra se le volvía cada vez más insoportable.

Por esta. vía, la medida se imbuyó de un nuevo sentido de justicia social, por de pronto para las masas, y también para el propio Güemes.

Respecto a aquéllas, escribe Frías, "tanto favor llevó y levantó al mayor grado de adhesión al paisanaje hacia la persona y causa de Güemes", en quien vieron un protector. Por su parte, Güemes, salido - como dijimos de la clase dominante y de la milicia regular, fue moralmente influido por la adhesión irrestricta de los oprimidos a la causa emancipadora, y por el contraste entre tal actitud y el egoísmo codicioso de las clases dirigentes, que no vacilaban en traicionar a la revolución en aras de sus propios intereses.

En este segundo momento de la política de Güemes ha quedado atrás la pura democracia e igualdad políticas ofrecidas como premio de la lucha por la independencia, y se esboza, por la vía de la distribución, un planteo de democracia social como fundamento inexcusable de esa lucha.

Dialécticamente, la guerra nacional se ha convertido en una guerra de clases. La lógica del proceso llevaba a un tercer momento, que es el señalado por Frías cuando dice que, inicialmente, Güemes no pensó en nada parecido a un reparto de las tierras públicas o una expropiación parcial de los latifundios. El tercer momento sería, precisamente, el de la revolución agraria, llevando la justicia social del mero plano distributivo al del cambio en las relaciones de producción y las formas de propiedad, o sea, a la constitución de una clase de pequeños campesinos independientes. Es de gran interés investigar si el caudillo salteño llegó a plantearse esta tarea tal como en el otro extremo del virreynato lo hiciera Artigas con su Ley Agraria de 1815.

Otro aspecto de indudable importancia - que aquí nos limitamos a esbozar - reside en la mecánica de la lucha militar emprendida por Güemes. De acuerdo a Mitre, la revolución de Mayo en Salta puso en movimiento dos fuerzas independientes y potencialmente antagónicas. La de la clase dirigente urbana, que engendró el nuevo Estado y el Ejército regular; y la fuerza "instintiva" del paisanaje rural, que dio nacimiento a la táctica irregular de la guerrilla, cuyo caudillo fue Güemes.

Cuando esa guerrilla se subordinó al orden nacional y regular del Estado, cumplió una función de apoyo, permitiendo al Ejército regular obtener las victorias decisivas, de valor estratégico. Pero, constantemente, Güemes (y los demás "caudillos") transgredieron esos límites para convertirse en factores de caos. Este planteo es falso y corresponde a una visión oligárquica del problema. En primer término, Güemes no brota en el año 10 como representante elemental del "gauchaje", pues él es oficial del Ejército regular y actúa en ese carácter. La guerrilla nace de ese mismo Ejército regular, a inspiración de San Martín que le hace cumplir un papel de vanguardia defensiva luego de los fracasos de las expediciones de Balcarce y Belgrano sobre el Alto Perú.

Pero, tras la dura invasión de Pezuela, rechazada sin auxilio del Ejército del Norte, y ante el sabotaje “porteño” de esa fuerza al producirse la formidable tercera invasión, Güemes se ve obligado a replantear los términos del problema. La defección del Ejército regular, que es la defección de la clase dominante, obliga a Güemes a atender no sólo a la "táctica,' sino también a la "estrategia" de la guerra de la independencia. Esto significaba la transformación de la guerrilla gaucha en un ejército popular revolucionario, en otros términos, la regularización de la guerrilla, pero no en torno a la antigua dirección de clase (oligárquica), sino en torno a una nueva dirección de clase (plebeya).

Tal fue el problema que un siglo más tarde se plantearon y resolvieron los revolucionarios chinos y vietnamitas al crear la teoría del paso de las formaciones guerrilleras al ejército popular revolucionario. Güemes se propuso también resolverlo mediante la constitución de regimientos regulares de caballería gaucha, y cuando la muerto lo sorprendió, como dijimos al principio, tenía reunido un ejército de 2500 hombres sobre la Quebrada, para marchar hacia el Alto Perú en apoyo de la campaña sanmartiniana.

Esta regularización de la guerrilla implicaba superar la antinomia guerrilla / ejército regular propia del planteo militar clásico, en la cual la guerrilla sólo puede servir de apoyo táctico para las fuerzas regulares, únicas llamadas a lograr resultados estratégicos, tal como el perro sirve al cazador, pero no lo sustituye (a menos de convertirse en monstruo digno de exterminio).

Aquí, la defección de la clase dominante abre el curso a un reemplazo de clase en la conducción del proceso. Cómo éste se da en términos militares, la defección del viejo ejército regular (sometido a la clase oligárquica y a la burguesía comercial porteña) abrió el camino para la regularización de la guerrilla, es decir, para la irrupción dirigente de sectores sociales oprimidos.

Ambos procesos, el militar y el social se intepenetran. La guerra de clases interna que describe Frías, convirtió a Güemes de revolucionario democrático en defensor económico de los gauchos, según una lógica de actuación que, al menos potencialmente, apuntaba hacia la revoluci6n agraria. La lucha militar, la defección del Ejército del Norte, lo transformó de oficial de carrera en guerrillero clásico, subordinado a las fuerzas regulares; y de guerrillero "clásico" en jefe revolucionario que en el momento de su muerte había comenzado la tarea de convertir sus formaciones montoneras en un ejército revolucionario popular de nuevo tipo.

Así, en un rincón heroico de la América del Sur a principios del siglo pasado, las leyes de la revolución permanente se abrieron paso en la lógica interna de la guerra nacional esbozando por un instante una perspectiva gloriosa, que es la que hereda como tarea irresuelta el proletariado de nuestros días.

BOLIVAR Y LA UNIDAD LATINOAMERICANA

Por Hugo A. Santos,

Si existe una figura que ha crecido enormemente en el reconocimiento público en América Latina, ese es Hugo Chávez, presidente de Venezuela; país que desde hace unos años casi a diario es noticia. Hugo Chávez, y el movimiento que encabeza, se reconocen como bolivarianos y en sus discursos, es permanente la mención a Simón Bolívar. Muchos conocemos a este patriota latinoamericano a través de la famosa entrevista de Guayaquil, donde se encontró con San Martín. Pero... ¿qué más sabemos de este personaje histórico? invocado continuamente, luego de casi dos siglos de su desaparición física.

Simón Bolívar nace en Caracas el 24 de Julio de 1783, hijo menor de don Juan Vicente Bolívar y Ponte y de María de la Concepción de Palacios, ricos criollos aristocráticos, denominados mantuanos. Sus hermanos son Juan Vicente, Juana y María Antonia Sus antepasados por el lado paterno se encontraron entre los primeros en llegar a Venezuela en el año 1559, y todas las generaciones de la familia habían colaborado activamente con la Corona, tanto en el campo militar como en el administrativo. Su riqueza provenía de la tierra, una mina de cobre y muchos esclavos. Bolívar pierde a su padre a los tres años ya su madre a los nueve. Era un niño rebelde, que ni los mejores maestros de Caracas pudieron "domesticar". Luego fue encomendado a un preceptor, Simón Rodríguez, un personaje genial y extravagante que le infunde los ideales de la Ilustración, en especial de Rousseau. Pero Rodríguez debe huir al descubrirse un complot del que participaba. Sus tíos, para sacárselo de encima lo envían primero a la milicia y luego a España en 1799, a la corte, donde su tío Esteban Palacios estaba instalado.

En España llevó una vida alegre y disipada, que sólo interrumpió su cambio de residencia, con el marqués de Ustáriz, donde conoció a María Teresa de Toro y Alayza, la hija de un noble venezolano, mayor que él.

Bolívar, que entonces contaba diecisiete años, se enamoró y la pidió por esposa. Luego de una breve estadía en Francia, para huir de un incidente grave que protagonizó, se casaron en mayo de 1802 y juntos volvieron a Venezuela. Una vez de regreso a la patria se ajustó a una vida absolutamente normal, ocupándose de sus asuntos, reasumiendo su puesto en la sociedad de Caracas y preparándose un futuro según las buenas tradiciones. Parecía estar muy satisfecho de todo y conservaba un grato recuerdo de España. Muy pocos habrían previsto entonces que este criollo gentilhombre produciría un día tanta agitación y llevaría a la independencia una parte tan grande de América española y que se convertiría, además, en un gran orador y escritor, dotado de una visión del futuro muy realista.

No había transcurrido aún un año desde su regreso cuando su mujer murió en enero de 1803, sin que hubieran nacido hijos del matrimonio. Bolívar se sintió tan perturbado que no pudo soportar la permanencia en Venezuela, donde había muy poco que pudiera interesarle; juró que no volvería a casarse, ya menudo fue presa de un sentimiento de desolación. Para olvidar, y también por los buenos recuerdos que tenía de España, decidió volver inmediatamente. Cuando llegó a España encontró pronto la manera de aliviar su desesperación; tenía veinte años y aún le gustaba gozar de la vida. No tardó en redescubrir el placer de las compañías femeninas, y si bien permaneció fiel a la promesa de no volver a casarse, parece ser que tuvo no pocas amantes bellas y despreocupadas. Gozaba del lujo y de las fiestas de Madrid, sin mostrar ningún remordimiento por haber dejado Venezuela, como tampoco ningún apuro por retomar. De Madrid pasó a París, donde se encontró con una prima lejana, Fanny du Villars, con laque vivió como amante y confidente, y mediante la cual conoció a varias personalidades de la sociedad parisina. Todos estos aspectos de su vida no corresponden al prototipo de héroe al que estamos acostumbrados: esos seres cuya conducta se vuelve inalcanzable, imposible casi de imitar y, por lo tanto, irreal. Pero es más auténtica.

París constituyó una etapa importante en su vida. Bolívar comenzó a hablar de ideas progresistas, de republicanismo y de libertad, de los derechos del hombre y de democracia, argumentos que empezaron a aparecer cada vez más frecuentemente tanto en sus conversaciones como en sus cartas. Ya creía firmemente en algunos de esos principios y se convirtió en un ferviente admirador del sistema político norteamericano e inglés. No aparecía la liberación de América española y no se vislumbraba ningún odio por España; se trataba aún de impostaciones teóricas, sin que existiera un plan o fin al cual aplicarlas. Posiblemente en sus charlas con Humboldt, vuelto de la América latina en 1804 comenzó a desarrollar aquella posibilidad.

Es evidente que la influencia ejercida por Humboldt sobre Bolívar fue notable, pero probablemente fue la figura de Napoleón la que lo impresionó más en aquellos días. Su nombre aparecía con frecuencia en las conversaciones y en los escritos del libertador; y muchos de sus amigos y defensores señalan la influencia que el emperador de los franceses ejerció sobre su vida y sus acciones. No se había interesado especialmente en las acciones bélicas del gran corso, pero se sintió muy impresionado por otros sucesos napoleónicos, tales como el Código, y luego se sentiría fascinado y atraído por la veneración y adulación que Francia manifestaba por su nuevo líder.

En 1805, Simón Rodríguez llegó a París, fue a visitar a su antiguo alumno y se alarmó al ver las malas condiciones de salud de Bolívar, fruto de una vida irregular y desenfrenada. Decidió conducir a su protegido en un viaje del tipo rousseauniano, a pie a través de Italia, con el solo propósito de admirar las bellezas naturales y conversar de cualquier cosa que se les ocurriera. Bolívar aceptó la propuesta y partieron inmediatamente. Los dos viajeros llegaron a Italia en 1806. Bolívar se detuvo a observar el espectáculo de Roma a sus pies y se sintió abrumado por la cantidad de memorias que el lugar evocaba. Fue entonces cuando hizo aquel voto, a cuyo cumplimiento debió dedicar toda su vida: "Juro ante ti, por el dios de mis antepasados, y el honor de mi patria, que no daré reposo ni a mi cuerpo ni a mi espíritu hasta que no haya roto las cadenas de España". A comienzos de 1807, finalmente Bolívar partió para Venezuela y hacia la liberación de América Latina.

Llegó el año 1808 y el sueño de Bolívar comenzó a tomar cuerpo lentamente; muchos pensaban que había llegado el momento de rebelarse ante España. ¿Por qué? ¿Qué era lo que hacía pensar que aquel fuera el momento oportuno? Napoleón había invadido España y había puesto en el trono a su hermano José, pero los españoles se habían levantado en favor de Fernando VII, quien había caído prisionero en Francia. En su ausencia, los españoles organizaron varias juntas para gobernar en su nombre, con la condición de que a su retorno el rey promulgase reformas de tipo iluminista y asegurara la institución de una representación popular. La situación era extremadamente confusa, y resultaba difícil saber quién gobernaba realmente; algunos funcionarios permanecieron fieles al rey, otros aceptaron a Bonaparte, muchos no tomaron una posición definida.

Las noticias de la situación llegaron a Caracas, provocando gran agitación. Los funcionarios españoles no sabían a qué gobierno obedecer, mientras que la mayoría, fiel al rey, los acusaba de traición. Desde el año anterior muchos criollos ricos habían comenzado a transformar su insatisfacción y desilusión en demandas precisas, y parecía que ahora había llegado el momento de pasar a la acción. Sin embargo, la ciudad estaba lejos de la armonía; los conservadores se mostraban favorables a mantener la situación tal cual estaba, los extremistas deseaban una independencia completa y los moderados optaban por la institución de una junta que gobernara en nombre del rey. Pero todos estaban de acuerdo en un punto: si los españoles habían asumido el control de sus asuntos, ¿por qué no iban a poder hacerlo los venezolanos?

Es en este punto en que Bolívar se convierte en el jefe de un grupo revolucionario, uno de los más radicales, que apoyaba la formación de una junta independiente, y mientras pocos se mostraban favorables a solución tan extrema, ninguno lograba encontrar un gobierno en España que fuera aceptable. Finalmente en 1810, bajo la presión popular, el capitán general se retiró y la junta de la ciudad se vio libre para formar un gobierno. La nueva junta de Caracas fue muy moderada, formada por ricos criollos partidarios sólo de libertades muy limitadas y siempre fieles al rey; en conjunto, se trató de una facción dispuesta a pequeños cambios que no logró el control de la campaña que rodea a Caracas, donde la gente estaba aún dividida entre realistas y grupos de patriotas. Los más pobres, en su mayor parte, se habían desinteresado de lo que acontecía, y nadie tenía en cuenta sus problemas y sus deseos.

Así comenzó la liberación de Venezuela, sin un inicio particularmente favorable y sin que el peso de Bolívar en los sucesos fuera decisivo. La Junta decidió buscar ayuda en Europa, especialmente en Inglaterra, pero no tenía los medios para enviar aun representante; Bolívar ofreció sus servicios y fue enviado inmediatamente a Gran Bretaña como representante de su gobierno. Recibió órdenes muy precisas: no debía hablar de independencia absoluta, y tampoco encontrarse con Miranda, para no promover una verdadera y real revolución. La misión londinense dio comienzo a su carrera política, comienzo discutible ya que Bolívar se mostró ineficaz como diplomático, aparte de poco propenso a obedecer órdenes.

La revolución burguesa que había triunfado en Francia con los jacobinos y que había sido derrotada en España por la tenaza de hierro de los franceses y de Fernando VII, no podía reproducirse en la América rebelde sin afectar profundamente la estructura social establecida por la España absolutista: en primer lugar, por la abolición de la esclavitud y por la igualdad social de las razas. El contenido social de la revolución era la condición preliminar para impulsar las reivindicaciones nacionales contra los españoles. Bolívar repitió, en la primera etapa de su lucha, el error fatal de su antiguo jefe Miranda: mantener la quimera de una República Abstracta, cara a los mantuanos y que consistía en romper el yugo político de España sin despojarse de su hegemonía social sobre las "castas infames". La crisis española se transforma en Venezuela en guerra civil, antes que en revolución de la Independencia.

Durante siete años, desde 181O a 1817, los patriotas mantuanos representan las clases criollas privilegiadas, opuestas a las masas de llaneros, esclavos y plebe de color que, al mando de jefes españoles, que les han prometido la "libertad de clase", desdeñan la "libertad nacional". Los primeros años de la Independencia presencian así una sangrienta lucha de clases enmascarada de lucha de razas. La ferocidad distingue a los dos bandos. Los hombres de los llanos, gauchos de Venezuela, constituyen una fuerza irresistible. Es la mejor caballería a lanza que cuenta América: los aristócratas criollos son arrollados.
Su jefe es Boves, un asturiano rubio e implacable, antiguo contrabandista y ex presidiario, traficante de ganado de los llanos, elevado rápidamente en el caos de los jinetes al rango de caudillo. Además, entregaba las propiedades y bienes de los blancos ejecutados a sus combatientes zambos, pardos, negros y mestizos, y ascendía a las altas jerarquías militares a sus más rudos soldados.
Esta lucha concluye con la derrota total de Bolívar y su fuga a Jamaica y Haití.

Haití, colonia francesa, fue sacudida por la Revolución Francesa. La esclavitud fue abolida. Toussaint Louverture, un antiguo esclavo negro funda la independencia haitiana. Con la llegada de Napoleón al poder, la situación se revierte: son enviadas tropas francesas para aplastar la revolución y restablecer la esclavitud. Se lucha encarnizadamente. Toussaint Louverture se rinde, es enviado a Francia y muere misteriosamente en prisión. Nuevos líderes surgen para continuar la lucha. Son exterminados los blancos franceses, con lo que la tierra queda en poder de los independentistas. Haití se divide en dos: la República del Norte, liderada por Christopher, que restablece el latifundio y la esclavitud; y la República del Sur, liderada por Alejandro Petión, que dividió las tierras entre la población y estableció un Estado agrario democrático, donde la constitución establece la enseñanza pública y gratuita.

Gracias al apoyo decisivo brindado por Petión a sus proyectos, el fracasado Bolívar puede regresar de Jamaica a Venezuela al frente de una nueva expedición militar. Pero en el tratado firmado entre el Presidente Petión y Simón Bolívar en febrero de 1816, se establecía claramente que a cambio de esta ayuda en hombres, víveres, naves y armas, Bolívar se comprometía solemnemente a abolir la esclavitud en el mismo momento de pisar Tierra Firme. El ex esclavo no sólo brindaba al futuro Libertador los elementos materiales de la lucha, sino hasta el punto capital de su programa. Al desembarcar en tierra venezolana, Bolívar cumple su promesa el 2 de junio de 1816, declarando la liberación de los esclavos y su incorporación al ejército libertador.

Sin embargo Bolívar se enfrentó a la oposición de los diputados, que optaron por la extinción paulatina de la esclavitud. Los diputados esclavistas de la Independencia pretendían educar a los esclavos a ser hombres libres, para libertarlos después, en lugar de libertarlos para hacerlos simplemente hombres. Esta devoción educativa les permitía a los legisladores liberales exponer al mundo sus luces y continuar explotando indefinidamente carne humana. También los sarmientinos en la Argentina deseaban " educar al soberano " antes de otorgarle sus derechos, afectando ignorar que el pueblo no se educa sin su real ejercicio. Aún siendo parcial, la abolición de la esclavitud operó milagros en el orden militar, aunque menos que el profundo carácter reaccionario de la política puesta en práctica por las tropas procedentes de la península. Porque al regresar Bolívar de Haití mediante la ayuda del presidente negro Petión, en la situación española se había operado un vuelco decisivo. A comienzos de 1814 se había restablecido en España el absolutismo de Fernando VIl con la caída de Napoleón y la victoria de la Santa Alianza. El rey desconoció la Constitución de 1812, fusiló a los mejores generales y oficiales de la guerra nacional contra Francia y declaró "el principio de que los años transcurridos desde 1808 a 1813 debían darse como no existentes”

Su actitud hacia las colonias americanas fue la que correspondía a esa política absolutista. Envió 10.000 soldados al mando del general Morillo a Venezuela. Ahí lo esperaba Morales, el sucesor de Boves, al frente de 5.000 Ilaneros.
Morillo incurrió en el error fatal de despreciar a esa caballería andrajosa que había reconquistado para el Rey una rica provincia y los licenció. La relación íntima y recíproca de la revolución en España con América se manifestó una vez más y ahora de manera decisiva. Las tropas del absolutismo habían llegado al Nuevo Mundo y evidenciaban el verdadero rostro del poder español.

Los antiguos llaneros y esclavos, muerto Boves, se desplazaron poco a poco hacia los ejércitos de Bolívar, ya que el ejército absolutista no estaba dispuesto en modo alguno a conceder el autogobierno de la plebe montada ni a tolerar sus radicales expropiaciones. Por el contrario Bolívar otorga a los Ilaneros la posibilidad de elevarse militar y socialmente en la lucha contra los absolutistas. De este modo, el Libertador encuentra por primera vez la base social y política para su lucha contra España de la que antes había carecido.

La segunda etapa de la guerra de independencia, entre 1817 y 1824, conduce a Bolívar de victoria en victoria. Atraviesa él también los Andes para liberar a Nueva Granada. Desde el comienzo el Libertador expresa en sus proclamas y en su correspondencia una idea central: la unidad latinoamericana. A medida que sus fulgurantes triunfos militares se sucedían, Bolívar comienza a llevar a la práctica sus grandiosos proyectos unificadores. Era una doctrina común en América Hispánica, desde los precursores.

Bolívar desconfía de los gobiernos representativos, aunque rechaza la monarquía, pues advierte que las formas democráticas tomadas en préstamo de Europa carecían del fundamento social que había en Europa y que no existía en América, esto es, del desenvolvimiento de las fuerzas productivas y de la "democracia económica" de la América del Norte. En tales condiciones, para Bolívar se imponía formar gobiernos centralizados, que acelerarían el progreso económico y social de los nuevos Estados.

La actual República de Colombia se denominaba durante el período colonial Virreinato de Nueva Granada. Su jurisdicción incluía la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, las provincias de Panamá y San Francisco de Quito y la Comandancia de Caracas. Al día siguiente de la batalla de Boyacá, en el Congreso de Angostura de 1819, Bolívar propone reunir las provincias liberadas de Nueva Granada a las provincias de Venezuela. De este modo, Bolívar rebautiza al antiguo Reino y Capitanía con el nombre de Colombia, rindiendo con ello un homenaje a Colón.

La nueva y gigantesca república (unos 2.600.000 kilómetros cuadrados), incluía las actuales repúblicas de Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Se dividía en tres departamentos, Venezuela, Quito y Cundinamarca, con tres vicepresidentes y un presidente general, que era el mismo Libertador. Pero a pesar de los desvelos de Bolívar, será la burguesía comercial (exportadora e importadora), tanto la bogotana, como la caraqueña o la guayaquileña, la que llevará acabo las intrigas y complots para eliminar al Libertador y dividir a la Gran Colombia en su conformación actual. En esa lucha caerán muchos de los mejores oficiales bolivarianos, como el general Sucre.

Fue Santander ( vicepresidente por Cundinamarca) quien aprobó y firmó el tratado de comercio con Gran Bretaña, por el cual los ingleses reconocían a Colombia y se cobraban largamente el reconocimiento diplomático, como de costumbre. Los efectos del tratado y del empréstito británico del 30 de junio de 1824 pasaron desapercibidos en medio de la intranquilidad general reinante en América por las maquinaciones de Francia y otras potencias aliadas a España que acababan de reponer a Fernando VII en el trono de España. Bolívar desaprobaba interiormente dicho tratado, pero terminó aceptándolo por la necesidad del apoyo inglés y por la presencia de tropas inglesas, irlandesas y alemanas, que sumaban unos 6.000 hombres (desmovilizados después de la batalla de Waterloo, que buscan fortuna y gloria) y que peleaban junto alas fuerzas bolivarianas. Los términos del convenio sometían a Colombia al monopolio marítimo británico y a su industria, a una extinción radical.

Alejado San Martín de la lucha independentista, en Perú el partido realista, que influía en toda la alta sociedad, va a amenazar la libertad de la región. Luego de la sublevación de la guarnición argentina de la fortaleza de El Callao, son liberados los soldados españoles que avanzan luego hacia Lima. El Congreso Peruano se reunió y llamó a Bolívar, designándolo dictador y suspendiendo la vigencia de la Constitución. La mayor parte de las autoridades peruanas, entre ellas el presidente peruano Torre-Tagle se pasan a las filas españolas.

Sólo una serie de victorias militares, logradas gracias a los recursos traídos de Colombia, permitió a Bolívar sobrevivir: en agosto de 1821 la victoria de Junín le abría el acceso a la sierra; el 9 de diciembre de ese año, el general Sucre (que contaba con 29 años de edad), al frente de un ejército de colombianos, chilenos, peruanos y argentinos, derrota en Ayacucho al virrey La Serna, poniendo fin al dominio español en América. A Sucre lo acompañaba el intrépido general José María Córdoba quien lanza a sus hombres la famosa frase: " ¡División! ¡De frente! ¡Armas a discreción y paso de vencedores! ".
Tenía 25 años.. La gran victoria de Sucre resonó en todo el continente. En la ciudad de Buenos Aires los festejos duraron un mes, para espanto de la burguesía mercantil pro británica.

Al día siguiente de fundar Colombia, Bolívar puso en práctica su propósito de iniciar la Confederación de los nuevos Estados hispanoamericanos. La idea de reunirlos en un Congreso en el Istmo de Panamá cobró forma. Designó a don Joaquín Mosquera ministro plenipotenciario y encargado de negocios ante los gobiernos del Sur para gestionar el envío de representantes al Istmo. Las dificultades de transporte de la época y la suerte varia de la guerra arrastraron el proyecto desde 1821 hasta 1826, en que logró al fin realizarse la reunión. Bolívar se había despojado para esa época de toda ilusión de construir un gran Imperio hispano-criollo.

Luego de la firma del tratado con Perú, siguió Chile, donde O' Higgins se entendió perfectamente con Bolívar. El embajador colombiano Mosquera pasó de Chile a Buenos Aires. Aunque el general Martín Rodríguez desempeñaba la gobernación de la provincia, el político influyente en su gobierno era el célebre protoporteño Rivadavia. Éste recibió fríamente al enviado de Bolívar. Mosquera entregó a Rivadavia la carta de invitación al Congreso de Panamá y debió esperar un mes la respuesta, que no cubría las expectativas del embajador. Mientras tanto el enviado de Bolívar designa al Deán Funes como representante diplomático de Colombia ante el gobierno de Buenos Aires. Bolívar también encontrará en Manuel Dorrego una pluma que lo defenderá desde las páginas de El Argentino y El Tribuno.

Cuando Bolívar desde Pativilca envió una circular a los gobiernos ratificando su invitación para el Congreso de Panamá, el gobernador de Buenos Aires era el general Las Heras y su ministro, Manuel José García. Ambos se dirigieron al Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires para solicitarle una ley que autorizara al Poder Ejecutivo a designar dos representantes de Buenos Aires ante el Congreso. La ley fue rechazada, pero se autorizó la designación de dos representantes. Después del golpe de Estado parlamentario que permitió a Rivadavia proclamarse Presidente de una República ilusoria en 1826 sin el consentimiento de las provincias, éste designa a José Miguel Díaz Vélez, residente en el Alto Perú, como representante, pero finalmente no concurrió a Panamá.

El Congreso se instaló el 22 de junio y concluyó sus deliberaciones el15 de julio de 1826, bajo la agobiante acción de los mosquitos y la fiebre amarilla. Al mismo concurrieron Colombia, México, Perú y la República Centroamericana, que en la actualidad representan doce repúblicas. Los enviados de los EE.UU. no llegaron al Congreso y Gran Bretaña envió a Mr. Edward J . Oawkins para imponer condicionamientos a la confederación que se estaba gestando. El mismo día de la clausura del Congreso se firmó un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua entre los cuatro Estados, al que podrían incorporarse los Estados restantes de América española si dentro de un año de su ratificación resolvían adherirse a él. Sin embargo, los países firmantes, tanto como los que no llegaron a enviar sus representantes, se encontrarán enfrascados en luchas intestinas que los desangrarán y que harán imposible sacar beneficios prácticos de dicho tratado.

El 8 de mayo de 1830, abrumado por las intrigas en su contra, Simón Bolívar se retira de Bogotá y parte al exilio. Su primera etapa es Cartagena, donde enferma gravemente al recibir la noticia del asesinato de Sucre. De allí se traslada a la isla vecina de Santa Marta, donde muere de tuberculosis el 17 de diciembre de 1830. Recién en 1843 sus despojos fueron llevados a Venezuela, como era su deseo. Pero hasta el fin él fue fiel a sus ideales y a su pueblo. Aún en el momento de morir afirmó que si su muerte conseguía la unidad y la estabilidad, se sentiría feliz de dar la vida por ello.

Hoy Bolívar anda entre los pueblos preparando la segunda y definitiva independencia. Por lo tanto es imperativo: reunir fuerza, esperanza y decisión en tomo al ideario bolivariano. Enarbolar con fuerza las banderas de la unidad, la solidaridad, la justicia y la libertad de los pueblos de Nuestra América, desde el Río Bravo hasta la Patagonia y retomar los hilos de la construcción de la Patria Bolivariana, así tendremos un nuevo polo de poder y equilibrio mundial frente al hegemonismo Imperial.

Ushuaia, Tierra del Fuego, Septiembre 2003

De la crisis del FIP a la fundación del PIN 2ºparte

SEGUNDA PARTE:

ABANDONO DE LAS BANDERAS DEMOCRÁTICAS y SOCIALISTAS

PLANTEO INICIAL DE LA CUESTIÓN

Desde la constitución, a fines de 1979, de la Corriente Nacional, hemos sostenido, conjuntamente: 1) Que pese a la crisis, subsistía la unidad programática.
2) Que las divergencias se planteaban en el orden del autoritarismo interno de la fracción Ramos y del sectarismo de su política hacia el mundo exterior.

Estas formulaciones deben ser evaluadas a la luz de más recientes experiencias. Como primera aproximación cabe decir que la unidad programática solo se mantiene, a lo sumo, en el plano ideológico-doctrinario, pero que las divergencias aparecen no bien abordamos el plano teórico-político y político-práctico. Es posible que tales divergencias pudiesen procesarse en forma no antagónica ni rupturista si el sector Ramos tuviese un concepto no autocrático de la conducción y vida interna partidarias. Pero la combinación de ambos aspectos conduce a una incompatibilidad real. De todas maneras, según veremos, las diferencias han llegado a asumir una envergadura que no es posible soslayar.

Ellas se refieren, principalmente, a una subestimación por parte del FIP-Ramos del aspecto democrático en la revolución popular, lo que conduce a que las consignas nacionales, justas en si mismas, asuman un equivoco carácter autoritario. No se trata de extravíos circunstanciales sino de una línea coherente y sistemática.

En mayo de 1981, el editorial de”La Patria Grande”, órgano de la fracción Ramos, enunciaba esta grave proposición: “Un proceso electoral que no se proponga cambios fundamentales seria sembrar las ilusiones mas perniciosas. El país esta hastiado de ilusiones”.

Resulta difícil dotar a un proceso electoral -es decir, a una contienda en que chocan varios y contrapuestos proyectos- de una voluntad de producir "cambios fundamentales", tarea reservada en todo caso a alguno de sus protagonistas. La afirmación, se la mire por donde se la mire, equivale a renunciar a la primera consigna que cabe plantear ante una dictadura oligárquica: la restitución de la soberanía popular, la inmediata convocatoria de elecciones.

La única condición para esas elecciones es que no sean ni proscriptivas ni fraudulentas, que no resulten una farsa tramposa. Plantear en cambio que los comicios, para merecer nuestro apoyo, deben llegar a proponerse "cambios fundamentales", equivale a decir: "Que siga la dictadura hasta tanto nosotros no consideremos que las elecciones puedan ser ganadas por quienes abogan por cambios fundamentales". Esto y respaldar objetivamente al entonces flamante presidente Viola era la misma cosa, lo que no sorprende dado que en anteriores declaraciones, bajo Videla, Ramos había afirmado "no tener urgencias electorales".

Cualquiera sea el triunfador en las elecciones (partido, candidato, programa) el relevo de la dictadura militar oligárquica significa un paso en avance, pues por lo pronto permite a las fuerzas empeñadas en reanudar y profundizar el proceso de la revolución nacional desarrollar su organización, su propaganda y el conjunto de su acción pública.

DEMOCRACIA, PARTIDOS Y REVOLUCIÓN NACIONAL

Año y medio después, en octubre de 1982, BIas Alberti insiste desde el mismo órgano:

"La partidocracia, como correa de transmisión de los intereses del inmovilismo pampeano, pretende montar el nuevo fraude de una 'democracia' complaciente con el imperialismo y bien vista por la 'opinión responsable de la Argentina conservadora".

La expresión "partidocracia", entendemos, es de origen fascista y de hecho se ha dirigido siempre contra las formas de la representación popular. En el caso, el término apunta al conjunto de los partidos argentinos, incluidos, por ejemplo, los cinco integrantes de la Multipartidaria. Caracterizar a estos partidos como representantes, sin más, de: "inmovilismo pampeano" es, por lo menos, simplista, unilateral y abusivo. Lo mismo cuadra para la afirmación central de que pretenden montar el fraude de una democracia complaciente con el imperialismo. Si esto fuera cierto habría que denunciar sin más las elecciones convocadas y exhumar la consigna ultraizquierdista-votoblanquista de 1.973: "Gane quien gane, pierde el pueblo. .." salvo que Ramos considere que las próximas elecciones las gana él.

Es cierto que el imperialismo pretende una democracia que no escape a sus controles y cuenta con cartas fuertes para ese juego. También cierto que abandona por inservible y desgastado el esquema de la dictadura militar oligárquica, y teme, por último, el deslizamiento hacia posiciones nacionales de un sector de las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, los partidos populares argentinos, de un modo limitado contradictorio, a menudo oportunista, no han podido dejar de reflejar crecientemente -. Aún aquellos como el radicalismo y el MID complicados con los primeros tramos del régimen militar- la oposición del pueblo a la dictadura. Equipararlos a esta última es haber perdido sin más toda noción del matiz concreto y deslizarse hacia un incurable ideologismo. En el seno de esos partidos luchan corrientes acuerdistas y de enfrentamiento al régimen.

Lo que sí debe plantearse es que todos ellos, incluido el peronismo están trabajados por una profunda crisis doctrinaria y programática. Ello expresa, en definitiva, que el programa del 45 ha sido sobrepasado por los problemas de 1983, lo cual abre un período de lucha ideológica para superar estas limitaciones. Mientras así no ocurra, prevalecerán formas acuerdistas y claudicantes de conducción, coexistiendo sin embargo, de un modo sordo e "instintivo", con la resistencia a ser instrumentados en una democracia de fachada.

"Sin revolución nacional -insiste Alberti- no habrá democracia," que la democracia (más allá de las formas espurias que ha asumido los periodos de contrarrevolución oligárquica) debe ser la expresión genuina del gobierno de las mayorías y de la voluntad de transformación revolucionaria que los viejos partidos niegan".

Es difícil concentrar tantos errores y verdades a medias en tan pocas líneas. ¿Es cierto que "sin revolución nacional no habrá democracia”? En realidad, considerando el asunto desde un punto de vista militante y no ideológico-descriptivo, lo contrario es la verdad: "Sin conquistar un espacio de democracia política que permita el debate y la competencia de corrientes y programas, resulta difícil crear las condiciones para que madure y emerja una conducción y un vigoroso movimiento hacia la revolución nacional".

También es cierto, sin la menor duda, que en tanto subsista el poder económico-social del bloque oligárquico-imperialista, estará siempre presente el peligro del golpe reaccionario. Pero esta verdad se convierte en su opuesto, en un verdadero absurdo, si seguidamente no intentamos responder a la siguiente cuestión: "¿ De qué manera es posible, bajo las concretas condiciones políticas de un déficit de liderazgo y programa de las grandes fuerzas electorales, crear una brecha, siquiera precaria –habida cuenta de la amenaza oligárquica- que permita abrir curso a una opción superadora de los actuales niveles de lucha, organización y conciencia?".

En otras palabras, es preciso analizar la cuestión en su totalidad dialéctica, sin creer que la infraestructura (el poder económico-social de la oligarquía en ausencia del cumplimiento de la revolución nacional) determina mecánicamente la situación.

Es también una simplificación errónea el reducir las opciones a la democracia fraudulenta de la oligarquía y la democracia que plasma y consuma la revolución nacional, ya que son posibles formas representativas y populares de carácter no-revolucionario, por precarias que en definitiva resulten.

Por último, la definición de democracia suministrada por Alberti encierra un pernicioso sofisma. Alberti empieza por decirnos lo que la democracia "debe ser", en vez de señalarnos -con deseable modestia- lo que ella es.

Y al señalarnos ese "deber ser" de la democracia, el vocero del grupo Ramos suma dos elementos: 1) Expresión genuina del gobierno de las mayorías, más 2) Expresión genuina de la voluntad de transformación revolucionaria que los viejos partidos niegan.

¿Por qué no se contenta Alberti con decir que la democracia es el gobierno de las mayorías? Porque él pretende enseñarnos lo que la democracia "debe ser". Así, cae bajo su guadaña crítica la hipótesis nada inverosímil de un "gobierno de las mayorías" que no exprese la "voluntad de transformación revolucionaria" que, por lo visto, "los viejos partidos niegan". Toda esta fraseología desemboca, so pretexto de revolución nacional, en descalificar como deseable y como objetivo de lucha popular, el simple, modesto, pero indispensable hecho de que el pueblo pueda ya mismo elegir a sus gobernantes, aunque no les dé un mandato revolucionario, o aunque éstos no sepan o no quieran cumplirlo.

Y sin embargo, esta bandera es irrenunciable para un revolucionario, sin perjuicio de su derecho y de su deber de pugnar una salida transformadora profunda, utilizando para esto el espacio ganado por las luchas democráticas del pueblo, participando en esas luchas y esforzándose por consolidar sus resultados con el aplastamiento de la oligarquía y su poder económico-social.

ANTAGONISMO INADMISIBLE

Que el sector Ramos establece un antagonismo entre lo democrático y lo nacional, utilizando esto último para descalificar aquello, es una constante. De ahí que el editorial de "La Patria Grande" de octubre de 1981 lleve este título de (primera Plana: " Ante la agonía del Régimen, ¿frente democrático o frente nacional?".

El dilema es perfectamente sectario, ya que la "agonía del régimen" se manifestaba (en octubre de 1981) por el vuelco a la oposición de una abrumadora mayoría de La sociedad Argentina, sin que pudiera afirmarse que la totalidad de esos sectores fuesen, además, partidarios de la "revolución nacional".

Por consiguiente, si era y es preciso construir una articulación de "frente nacional", también es necesario articular una resistencia general, de carácter democrático, contra la dictadura militar oligárquica y sus agentes en el campo político. Ambas reivindicaciones, la "nacional" y la "democrática" reflejan la contradicción entre el "pueblo" y el "bloque de poder". Ellas son, objetivamente, diferentes, aunque tendencialmente se atraigan entre sí. Es nuestra tarea ayudar a ese proceso de síntesis, procurando que lo "nacional" se haga "democrático" y lo "democrático" se haga "nacional". Pero no lo lograremos si empezamos por contraponer un aspecto al otro para negar de hecho uno de ellos, con el resultado de aislar lo nacional de lo democrático.

Es lo que hace, por ejemplo, Jorge Abelardo Ramos ("La Patria Grande", noviembre 1982.) cuando afirma: "Los partidos 'democráticos' generalmente apoyan, mientras les conviene, a los militares como el general Videla y se oponen siempre a los oficiales como Perón. Pero cuando los Videla muestran su decadencia, los "democráticos" saltan del barco que se hunde y se vuelven "antimilitaristas" en general, porque sospechan que quizás aparezcan en algún momento los militares patriotas que se unan a los trabajadores para poner término a tanta infamia".

Previamente, Ramos había escrito: "los envejecidos partidos, que medraron directa o indirectamente a la sombra y en el regazo del poder militar mediante el goce silencioso de ministerios, embajadas, gobernaciones e intendencias (salvo el peronismo y el FlP), desde el 2 de abril se han vuelto 'antimilitaristas' ".

Aquí el embrollo es fenomenal ( incluso, y no casualmente, sintáctico). Y entran en una misma bolsa, por ejemplo, la FUFEPO, el socialismo democrático o la democracia progresista, de un lado, y el radicalismo, el Pl, la democracia cristiana, del otro, al más puro estilo ultraizquierdista. Aunque se concede al peronismo no haber granjeado prebendas, se lo involucra entre los "envejecidos partidos" ahora "antimilitaristas", pero no se entiende por qué entonces la sutil distinción moral si el peronismo participa como es público y notorio de la multipartidaria. Se saltea este hecho evidente: si los "envejecidos partidos" han acentuado su oposición al gobierno, ello se debe en primer término a que el pueblo argentino así lo ha hecho ya que el gobierno, además de oligárquico, es un gobierno militar. Sostener que estos partidos apoyaron a Videla hasta que éste mostró su decadencia y ahora combaten al gobierno temerosos de que surja un nuevo Perón de las filas militares es haber perdido todo nexo con la realidad.

Para la oligarquía, la misma autocracia militar que engendra y de la que se sirve, encierra, como para el imperialismo, un peligro en potencia: el deslizamiento bonapartista de signo nacional. Que esto cuadre a los Manrique, Guzmán y compañía, no ofrece dudas. Pero, ¿puede caracterizarse al radicalismo, al Pl, a la democracia cristiana como "partidos oligárquicos"? Y el peronismo, ¿qué papel juega en todo esto? Alienta en los párrafos comentados una idea apenas encubierta: que los partidos (o la "partidocracia" de BIas Alberti) son una pura negatividad, caso perdido para el proceso nacional, y que la salvación vendrá de los "militares patriotas que se unan a los trabajadores para poner término a tanta infamia". ..a tanta infamia. ..de los viejos partidos. Curiosamente, estos "militares patriotas" se unen a los "trabajadores", no al pueblo, rasgo "izquierdista" que no deja de ser sugestivo, ya que en definitiva supone la descalificación del componente no proletario de la revolución nacional, exceptuados aquellos "militares patriotas". La descalificación, sobre todo, de la pequeña burguesía, respecto a la cual el sector Ramos siente una especial "predilección".

DESCALIFICACIÓN DE LA PEQUEÑO BURGUESÍA

Así, la vieja tesis de la izquierda nacional, que alguna vez suscribieron Ramos y Alberti, de que la alianza plebeya entre los trabajadores y la pequeña burguesía constituye el eje fundamental de la revolución popular en la Argentina, es enterrada con todos los honores, y, junto a ella, los aspectos democráticos de la lucha nacional.

Sin duda, la tarea de reconstruir el frente nacional incluye como tema privilegiado la lucha por el desarrollo y predominio de una corriente patriótica, democrática y nacional en el seno de las Fuerzas Armadas.

Esto exige una política respecto a las Fuerzas Armadas, que en la actual situación histórica reconoce como eje la asimilación y profundización de la experiencia Malvinas, como espejo que refleja el nudo del drama nacional, la dependencia, y pone en crisis la doctrina oficial de la seguridad nacional y demás aberraciones de la colonización ideológica.

Sin lograr este objetivo, dicho sea de paso, es coyunturalmente precaria toda democratización, no sólo por la posibilidad crónica de un desenlace golpista sino porque fuerzas armadas imbuidas de espíritu oligárquico actúan como freno y vigía contra cualquier política renovadora, contribuyendo a generar así fenómenos de estancamiento, involución y crisis económico-social en los gobiernos populares, con su consecuencia de "caos" y caldo de cultivo justificatorio del golpismo. Esto demuestra que la estabilidad democrática de que hablábamos arriba no es mecánica, deriva de condiciones de infraestructura (presencia o extirpación del poder económico oligárquico-imperialista). También depende de factores políticos intrínsecos, uno de los cuales es, precisamente, la relación pueblo-fuerzas armadas. Pero no el único: el grado de conciencia de la sociedad Argentina respecto a salidas golpistas; el arraigo de hábitos de democracia en el seno del pueblo, proscribiendo las formas sectarias, irracionales y violentas, etc., son otros tantos factores cuyo logro permitirán sin duda reducir el margen de maniobra oligárquico y asegurar el cumplimiento de un período de transición y de acumulación de las fuerzas nacionales.

Pero volvamos a las Fuerzas Armadas. Una política hacia ellas supone, esencialmente, tomar como punto de partida los contenidos de su propia experiencia, digamos, existencial, por provenir no de una mediación discursiva sino de su forma específica de inserción en la realidad. Así, históricamente, la corriente militar de nacionalismo industrialista provino de una reflexión sobre los problemas de la defensa nacional. El tema Malvinas, sus múltiples aspectos políticos, militares, económicos, etc., es hoy insoslayable.

La lucha por el frente nacional exige la articulación de una diversidad de políticas para la diversidad del sector "pueblo", por oposición a "bloque de poder" oligárquico, las cuales deben cumplir el mismo requisito metodológico de arrancar de los contenidos primarios de experiencia y propender a su correcta generalización e integración en la "cuestión nacional".

Pues bien, no alcanza a comprenderse por qué el sector Ramos, por el contrario, aplica el método del "antimilitarismo abstracto" a la pequeña burguesía democrática, cayendo así en un reduccionismo sectario de la peor especie. La descalificación sistemática de los partidos "democráticos", de los "envejecidos partidos" (lo que incluye al peronismo, aunque aquí y allá por consideraciones tácticas se formule alguna reserva a su respecto) equivale al antimilitarismo abstracto de la pequeña burguesía "liberal". También aquí el error consiste en no abordar la cuestión desde su interioridad dialéctica, desde la concreta inserción, contenido de experiencia y conflicto específico del sector considerado, al que se lo descalifica desde arriba y afuera, en no ver la contradicción ni esforzarse por desarrollarla en un sentido progresivo. Pues sin duda, en el caso, los "viejos partidos" son todo lo que dice Ramos y mucho más que no dice, reflejando en gran medida las vacilaciones y dilemas de los sectores medios de la sociedad argentina y la falta de un programa revolucionario del proletariado. No se discute que muchas conducciones (incluso peronista, Ramos lo niega, pero naturalmente lo sabe) han querido contemporizar y granjear con el régimen; pero tan importante como ello es que el régimen, orgánicamente, no admitió "compromisos" de ninguna índole, y así la verdad de la situación fue abriéndose paso, contra los pronósticos de Ramos, por ejemplo, en el sentido de que la Multipartidaria iba a concertar un candidato militar con Viola.

EL CAUCE DEMOCRÁTICO POPULAR

Lo que Ramos en definitiva no ha visto es que por debajo de las combinaciones, esperanzas, vivencias y proyectos que en cada coyuntura se entrecruzan, operaba como factor determinante la naturaleza social oligárquico-imperialista, de la dictadura militar, que tornaba imposible un acuerdo con un sector ponderable del pueblo argentino, por ejemplo, con vistas a aislar a la clase trabajadora. Por consiguiente, el movimiento histórico se operó en el sentido contrario, y esto encontró su reflejo en el progresivo endurecimiento de los grandes partidos. Tal es el marco más general, en cuyo seno deben apreciarse y no disimularse las obvias complicidades, cobardías -y limitaciones del liderazgo político, las cuales, sin embargo, no autorizan a identificar a Américo Ghioldi o la FUFEPO con Contín y la UCR, por ejemplo, aunque todos hayan aportado embajadores o intendentes.

Esta contradicción social básica es la que dota a las banderas democráticas de una fuerza incontenible y generadora. Es preciso, en cada momento de la coyuntura, apreciar qué consignas ocupan el lugar central movilizador. Sin la menor duda, a partir del 2 de abril, y en tanto se desarrollaron las operaciones bélicas, el lugar central fue ocupado por las banderas nacionales de la lucha militar, política, ideológica y económica contra el imperialismo británico, yanqui y europeo-occidental, la lucha por convertir la mera confrontación militar en una victoriosa guerra de liberación contra el imperialismo.

Cuando, en aquellas circunstancias, algunos sectores bien inspirados pero a la vez desorientados, enarbolaban la consigna "Malvinas sí, Proceso no", nosotros consideramos equivocado el planteo, ya que equiparaba de un modo no dialéctico, abstracto, en definitiva inmovilizante, los términos de la contradicción entre la naturaleza del gobierno oligárquico; y la naturaleza del conflicto (nacional, antiimperialista). Consideramos, por el contrario, que la guerra de las Malvinas era la crítica del Proceso. Por consiguiente, las banderas democráticas, las reivindicaciones sociales y la lucha por el nacionalismo económico debían reformularse como aspecto dinámico impulsor de la guerra contra el ocupante extranjero, la cual a su vez arrojaba una esclarecedora luz sobre la naturaleza de la crisis nacional en todos los aspectos, poniendo al desnudo las falacias del colonialismo ideológico (mundo "occidental y cristiano", "tercera guerra mundial", no somos "tercer mundo", seguridad nacional, liberalismo económico, etc. ).

Concluidas las operaciones bélicas, durante las cuales nos esforzamos por contribuir a que se superasen sobre la marcha las tremendas limitaciones político-militares de conducción, la lucha democrática del pueblo argentino por reconquistar su soberanía política pasa a ocupar, nuevamente, un lugar central.

Al mismo tiempo, no se nos oculta, antes bien, enfáticamente lo señalamos, que la latencia y enseñanzas del conflicto Malvinas deben ser sostenidas en firme confrontación política contra quienes, desde el campo civil o militar -con argumentos a veces contrapuestos pero de hecho convergentes- quieren enterrar la gesta del 2 de abril, y es fácil demostrar que ambos aspectos -el democrático. y el nacional- rápidamente se interrelacionan y se involucran recíprocamente. Si los argentinos fracasásemos en revitalizar una perspectiva de emancipación nacional, no lograríamos consolidar ni la democracia, ni la soberanía, ni la justicia social.

Pero esta perspectiva no puede sostenerse sino en el cauce de la movilización democrático-popular. Esto es lo que olvida el sector Ramos, como si jugase sus cartas a un hipotético golpe militar nacionalista que reconociese al FIP como mentor ideológico-político. Así, en lugar de desarrollar la tesis justa de la unidad pueblo-fuerzas armadas en el seno del pueblo, se pasa insensiblemente a una utopía reaccionaria de tipo nacional-autoritario; desprovista de base real.

LA CRISIS DE LOS PARTIDOS

Desde esta óptica distorsiva se explican las parrafadas contra la "partidocracia" o la célebre acusación de "demo-liberales" que el grupo Ramos acaba de lanzar contra nuestra Corriente Nacional.

Toda democracia representativa contiene en diverso grado elementos "expropiatorios" de la voluntad política del "pueblo soberano", que residen tanto en el aparato del Estado como en el de los partidos políticos. Esta tendencia a sustituir la voluntad popular real por la de los aparatos es específica, pero a la vez se supedita al poder económico, social y cultural de las clases dominantes. Es conocida la utilización por la derecha autoritaria de aspectos de esta crítica, en nombre no precisamente de la justicia social y la soberanía real del pueblo. Exhumarla desde la izquierda, en momentos en que nuestro país y el cono sur latinoamericano sobrellevan la maldición de dictaduras pro-imperialistas no precisamente "partidocráticas" ni "demoliberales" es el colmo de la desdicha.

Pero supongamos que se sostenga: "Los partidos manifestaron una debilidad en el conflicto Malvinas, oscilando salvo excepciones entre el derrotismo y el mero seguidismo; sus programas económicos son de una tremenda cobardía, como lo revela la actitud generalizada en materia de deuda externa. Sólo una corriente de nacionalismo militar generada a partir del 2 de abril como gesta nacional y de las experiencias de la derrota podrá asegurar la reanudación de la lucha emancipadora contra la dependencia y el poder oligárquico". ¿Qué opinar de este punto de vista?

En primer término, es válida la crítica contra la dirigencia político-democrática argentina. Pero quien se atiene solamente a los síntomas se condena a revolotear por las ramas. Lo que esos síntomas revelan es el agotamiento de los programas históricos en la perspectiva de la crisis contemporánea, el agotamiento del programa del 45.

Parte de este problema deriva de los siguientes dos factores: 1) el congelamiento político producido por sucesivas dictaduras militares oligárquico-imperialistas, que ha distorsionado la vida interna de las agrupaciones partidarias y reprimido la libre expresión de las fuerzas populares. 2) Presiones hostiles, por un lado, concepciones y prácticas erróneas, por el otro, que han introducido en el seno del pueblo expresiones de antagonismo y violencia irracional, congeladoras del gran debate que el país necesita acerca de su destino y perspectivas. Entre estas prácticas distorsivas figura el autoritarismo sectario que ha estrangulado al FIP de Jorge Abelardo Ramos.

La lucha por superar este nivel de retroceso supone tres objetivos fundamentales: 1) Movilizarse para lograr la plena recuperación de las libertades democráticas y la soberanía política popular, ya que sólo en su ejercicio será posible elaborar las instancias superadoras. 2) La lucha por defender y extender, como patrimonio de la civilización política argentina, la democracia en el seno del pueblo, pues sólo así podrá hablarse de debates y opciones en niveles racionales y objetivos, erradicando las diversas formas de violencia y terrorismo práctico o ideológico. 3) La actualización doctrinaria que suministre el aglutinante de un programa de movilización y realizaciones para el frente nacional.

En este marco, la conclusión obvia del punto que examinamos consiste en privilegiar el triple nivel de actuación que aguarda a una gran fuerza de izquierda nacional en la Argentina: su participación activa y no sectaria en la lucha democrática; la creación de un sistema de relaciones constructivo en el campo nacional; su aporte militante a la actualización programática ligando en todo momento los objetivos inmediatos con la perspectiva estratégica de la liberación y el socialismo, sin la cual la lucha antioligárquica depara en definitiva victorias a medias y frustraciones.

Por lo tanto, "declarar la guerra " a los partidos es convertir las banderas nacionales en una abstracción autoritaria y estéril y no resulta siquiera necesario para fundar vigorosamente la razón de ser inexcusable de la izquierda nacional en el panorama político argentino.

¿GOLPE NACIONALISTA O FRENTE NACIONAL?

En segundo lugar, todo lo que venimos diciendo, todo lo actuado por la Corriente Nacional desde su fundación, nuestras reiteradas posiciones a partir del 2 de abril, manifiestan nuestra convicción de que sin el doble movimiento de un replanteo nacional-democrático desde y hacia las Fuerzas Armadas, la democracia se convierte en una fórmula vacía. El Frente Nacional no es una mera convergencia de partidos con fines electorales o de co-gobierno, sino una vasta articulación programática y un compromiso histórico fundamental del conjunto de sectores dinámicos y mayoritarios de la sociedad argentina. Concebir el juego democrático en nuestro país dependiente y subyugado como una mera "competencia" y "alternancia" de partidos políticos, con fuerzas armadas "profesionales", es confundir nuestra realidad con la de países con su cuestión nacional resuelta.

Por consiguiente, hay un lugar no sólo posible sino también necesario para el nacionalismo militar democrático, cuya tradición, por otra parte, recorre activamente nuestra historia desde los orígenes emancipadores y ha dado nacimiento, en las jornadas del 14 de agosto de 1806 y del 25 de mayo de 181,0, a las propias Fuerzas Armadas.

No se descarta en abstracto, como "hipótesis de futuro", que un golpe militar nacionalista ponga fin a una seudo-legalidad "civilista" y oligárquica, como lo prueban ejemplos del tercer mundo, América Latina y nuestro propio país. ¿Pero es ésta la perspectiva que enfrentamos? ¿Es este el "modelo" que propondremos a los hombres de las Fuerzas Armadas que, a la luz de las experiencias vividas, se replantean el destino nacional? Sólo con formular la pregunta obtendremos la respuesta.

Si por un instante imaginamos que un sector "nacionalista" ha obtenido posiciones virtualmente hegemónicas en el seno de las Fuerzas Armadas, un golpe de Estado resultaría un paso catastrófico para ese sector, que quedaría inexorablemente sometido al doble aislamiento oligárquico-imperialista y de vastos sectores populares, incluida la clase trabajadora.

Si hay una política nacional desde las Fuerzas Armadas y hacia las Fuerzas Armadas, ella sólo puede consistir en su convergencia hacia una solución democrática global gestada y elaborada por la soberanía del pueblo argentino.

Tal como dijimos anteriormente, la colonización ideológica de la cúpula militar durante las últimas décadas, no se manifestó sólo en el momento del golpe y de la dictadura subsiguiente, sino como espada de Damocles sobre los gobiernos surgidos de elecciones. Parte de las debilidades y limitaciones de la conducción de los partidos mayoritarios, especialmente el peronismo, se explica por el implícito de Fuerzas Armadas con poder de veto contra medidas revolucionarias. La presencia de una dirigencia militar integrada a una perspectiva nacional y democrática obraría en sentido contrario, y esta es la perspectiva que cabe alentar.

Con frecuencia, en el pasado, el "civilismo", el "antimilitarismo" de la "izquierda" sirvieron ya sea para ocultar la raíz oligárquica del autoritarismo militar, desviando el objetivo estratégico de la lucha popular, ya sea para sabotear los esfuerzos emancipadores del nacionalismo militar, en nombre de la "democracia". Baste recordar los casos de Perón, Villarroel y Velazco Alvarado. Pero de ahí no se desprende que, como revolucionarios socialistas de la Argentina semicolonial, nosotros erijamos como "modelo" el golpe militar nacionalista, aunque sabremos reconocer siempre, en toda coyuntura, la opción nacional, de la que formamos parte indisociable.

EL "CULTO A LA PERSONALIDAD"


Apreciaciones semejantes corresponden respecto a la doctrina monárquica elaborada por el sector Ramos, no sólo en lo concerniente al manejo interno del partido sino también a la política nacional. Ambos aspectos (del primero ya hemos hablado) se relacionan, pues desde su feudo FIP Ramos se propone como sucesor de Yrigoyen y Perón.

No es el caso explayarse aquí sobre la crítica de la izquierda nacional al "antipersonalismo" seudo-democrático y seudo-izquierdista contra relevantes líderes nacionales del Tercer Mundo. La idea de la "república", cosa-pública, poder impersonal e institucional compartido, choca en los países dependientes del tercer mundo con la incipiencia de la estructuración social e ideológica, la satelización cultural de las reducidas clases medias, el poder avasallante del imperialismo extranjero, etc. En nuestro país, la oligarquía fue (y lo sigue siendo hasta cierto punto) la única clase desarrollada, política y culturalmente hablando.

De ahí que los movimientos nacionales exhiban a menudo un grado particularmente alto de concentración personal del liderazgo, de relación caudillo-masas, compensando y neutralizando en cierto modo la debilidad orgánica de la sociedad dependiente. Oponer a ello modelos ideales "antipersonalistas", "antiverticalistas" en sentido abstracto es ideológico y reaccionario. Pero proponer a su vez el liderazgo personal "carismático” como norma y modelo es, de otra manera, también reaccionario. Contra esto advirtió el propio Perón al decir que la doctrina y la organización "vencen al tiempo". Nuestro esfuerzo sistemático y militante debe consistir en ayudar a vencer al tiempo, y no en lo contrario.

UN GARCÍA MEZA "ANTIMPERIALISTA"

Por desgracia, las posiciones que venimos criticando no se ciñen siquiera a lo meramente declarativo, e involucran tomas prácticas de posición.

Ya en agosto de 1980, cuando se produce en Bolivia el golpe de Meza, "La Patria Grande" se pronunciaba en estos términos sobre el siniestro cuartelazo:

"Resulta muy curioso -decía entonces el órgano de Ramos- el cerco organizado contra el golpe militar del general García Meza, si se considera que está inspirado en los Estados Unidos". Tras recordar Vietnan, Santo Domingo e Irán -hazañas del imperialismo yanqui-, proseguía el artículo: "De modo que su oposición al pronunciamiento militar boliviano no parece inspirada en los mejores intereses de América Latina. Claro que como siempre ocurre, está seguido por los "cuzcos ladradores" de la OEA y los mil partidos democráticos que se resfrían cuando Washington estornuda ¡A este coro ensordecedor se agregó la Agencia Tass! Por tales razones la oposición a los militares bolivianos aparece como muy sospechosa”.

A Ramos y sus amigos bolivianos sólo una cosa se les olvida: preguntarse qué opinaron la clase trabajadora y el pueblo de Bolivia sobre el golpe de García Meza, golpe dirigido no contra una república oligárquica sin sustancia democrática sino contra el Congreso recién electo por el pueblo del país hermano.

Esta pregunta directa y elemental fue sustituida por la siguiente especulación metafísica: "Si el imperialismo yanqui es enemigo de Bolivia al igual que la burocracia soviética, y ambos condenan el golpe de García Meza, el golpe ha de ser bueno y la oposición "a los militares bolivianos” resulta "sospechosa". No falta la referencia ritual a los "mil partidos democráticos" de Latinoamérica "que se resfrían cuando Washington estornuda", convirtiendo sin más a estas fuerzas intermedias, contradictorias y fluctuantes en apéndices del imperialismo, ni, como en tablero de ajedrez, ("donde odian dos colores") la no menos ritual referencia "a los militares bolivianos" supuestamente enfrentados a Washington y Moscú.

Acá el imperialismo y la burocracia soviética dejan de ser formaciones histórico-sociales para convertirse en principios metafísicos del "mal", y así le va al análisis.

Es cierto que la nota de "La Patria Grande" promete un artículo extenso que jamás apareció, y también es cierto que por anteriores merecimientos Ramos fue invitado a la reciente asunción de Siles Zuazo. A su regreso de Bolivia, entrevistado por "La Patria Grande", Ramos formulo interesantes declaraciones que no incluían por supuesto una explicación sobre el elogio a García Meza de agosto de 1980, pero sí algunas perlas adicionales.

"Da la impresión -vaticina- de que la vieja y nueva Rosca tiende a apoyarse en el Congreso contra el Presidente, cosa que tenemos muy vista en América Latina. ..De modo que la oficialidad institucionalista las masas populares campesinas y el presidente Siles constituyen la base para un futuro revolucionario en Bolivia, en tanto que el resto de los partidos conspira en general contra ello" ( noviembre de 1982) .

Aunque Ramos no es un protagonista de la política boliviana, el ojo de un revolucionario debe colocarse en el punto de vista de un militante de un actor, y no en el punto de vista "descriptivo" de un sociólogo de Harvard. La posibilidad de un bonapartismo encarnado en un líder pIebiscitado por mayorías campesinas y sostenido por las Fuerzas Armadas está -con distintos signos y valores- en los planes de la Historia Universal, y en un país de nuestra balcanizada América Latina puede imbuir de un contenido limitadamente progresista. Pero, ¿qué significa en la especulación de Ramos la sin duda deliberada omisión de la clase obrera y la pequeña burguesía bolivianas, así como la condena apriorística de "los demás partidos"?

Obsérvese, antes de responder, que "los demás partidos" no se contraponen aquí a una enumeración previa de ciertos partidos sino a los militares institucionalistas, los campesinos y Siles Zuazo, enfilados en un orden que implica a su vez una definición. Por consiguiente, "los demás partidos” son los partidos en general, incluido el partido de Ramos.

Lo que Ramos en primer término nos dice es, por lo tanto, que no hay en Bolivia lugar para una política de izquierda nacional entroncada con las masas, y en segundo lugar, que ni los trabajadores mineros y urbanos ni la pequeña burguesía boliviana cumplen un papel ponderable en el frente nacional. Por último, también nos dice que colectividades militantes que intenten expresar un programa y busquen apoyaturas sociales en sectores del pueblo (los partidos populares) son, por definición, sospechosos o francamente repudiables. Con lo cual desembocamos en el paradigma de un líder con respaldo militar y apoyo campesino.

Lo que hace particularmente significativo este análisis es su referencia a la mayoría campesina, propia de la realidad boliviana, pues Ramos no puede olvidar el carácter francamente ambiguo de ese sector social y, por lo tanto, la importancia decisiva del elemento ideológico, programático y organizativo para volcar en uno u otro sentido el accionar de las masas rurales.

LA MULTIPARTIDARIA, ¿UNA UNIÓN DEMOCRATICA?

Como es sabido, el FIP-Ramos denunció y saboteó la marcha de la Multipartidaria del 16 de diciembre último. A la luz de lo que precede es fácil comprender que no se trata de una actitud circunstancial, producto de un rasgo de intemperancia o enfado, sino de una posición orgánica y consecuente. Mucha gente expresó su "sorpresa" ante el saboteo a la Marcha, "¿han perdido la brújula?", preguntaban algunos, pero se trataba de una falta de información. Es cierto que las consecuencias más disparatadas de ciertos planteos aberrantes pueden a veces ser corregidas apelando empíricamente al sentido común, pero no es este el caso. De cualquier modo, lo sorprendente hubiera sido que el FIP-Ramos apoyase la Marcha del 16 de diciembre.

El antecedente más inmediato del caso son las referencias a la Multipartidaria formuladas por Ramos en el reportaje que la revista Esquiú (representante de la derecha católica) le publicó el 28 de noviembre último.

Le preguntan: "La Multipartidaria acaba de dar a conocer un documento en el que rechaza la concertación propuesta por el gobierno. ¿ Cómo puede afectar esto al gobierno, qué puede pasar? Ramos contesta: "Bueno, ya se sabe ...la Multipartidaria pertenece más al arte musical que a la lucha política, es, una especie de Camerata Bariloche que tiene. ..mucho que ver con el general Viola. Además, con este gobierno han tenido todos algo que ver. .."

Atacar ala Multipartidaria a propósito del documento en que ésta rechaza la concertación, es pronunciarse a favor de la concertación, vale decir, por oficializar el condicionamiento de la soberanía popular.

Que Ramos propicie el diálogo de los políticos con las Fuerzas Armadas nos parece enteramente necesario y legítimo, ya que hay mucho silencio que repechar entre los argentinos, y este diálogo debe ser formal e informal, público y privado (lo que no significa clandestino, de espaldas al pueblo) .Pero lo concertación era otra cosa, era la propuesta de un compromiso limitativo, por sobre la soberanía popular.

Al respecto, hemos afirmado recientemente: "Estamos por el diálogo entre todos los argentinos y también, por lo tanto, con las Fuerzas Armadas para clarificar problemas y perfilar una experiencia nacional; pero estamos contra toda concertación, que es condicionamiento. Para nosotros, la antinomia no es civiles contra militares, sino patria o colonia, soberanía popular o poder oligárquico".

Ramos alude a viejas complicidades de otros (generalizando de paso en forma injusta y metiendo a todos en la misma bolsa, desde el justicialismo a la FUFEPO) para encubrir su complicidad presente con el gobierno, su apoyo a la concertación.

En el mismo sentido afirmará en declaraciones a "La Voz del Interior" del 16 de enero último: "La Multipartidaria fue creada por el general Viola para facilitar su ascenso al poder y adquirió con el tiempo todas las características de la Unidad Democrática que vimos allá por 1945".

Como nadie ignora, la Multipartidaria surgió con posterioridad a la asunción presidencial de Viola y explicarla como una maniobra de ese fugaz presidente es francamente abusivo. Pero, curiosamente, con esa caracterización, Ramos se enreda en sus propios pretextos, pues no explica por qué el FIP que él conduce se empeñó en formar parte de dicho nucleamiento político con la pretensión públicamente manifestada de ser uno de los partidos convocantes.

En otras palabras, la Multipartidaria pasó a ser un engendro de Viola a partir del momento en que los "cinco" no admitieron a Ramos en el cónclave. A pesar de ello, el FIP-Ramos aceptó la invitación a integrar la Multipartidaria como partido adherente y sus representantes asistieron a las reuniones preparatorias del documento "Antes de que sea tarde" de diciembre de 1981, como también lo hicieron por su parte los del FIP-Corriente Nacional.

Esto habla a las claras de la ligereza mesiánica con que el FIP-Ramos elabora sus caracterizaciones políticas, que en este caso han dependido enteramente del choque entre la aspiración y el logro.

¿ES BIGNONE UN NUEVO PERÓN?

"Nosotros no creemos en la Unidad Democrática sino en el Frente Nacional -prosigue Ramos- no creemos en una democracia formal sino en una democracia y revolución nacional. Y observamos que los partidos que integran la Multipartidaria no quieren otra cosa que la urna, el voto y los diputados".

El redactor del diario cordobés le observa entonces que "la diferencia entre la Unión Democrática y la multipartidaria radica en la integración del justicialismo a esta última". Ramos responde: "La actitud de algunos justicialistas que están en la Multipartidaria va a tener que ser juzgada por los peronistas y a su juicio me voy a remitir".

Hubo una época en que Ramos apelaba a la consigna de Frente Patriótico como forma general de articular la oposición del pueblo a la dictadura militar oligárquica. Hoy, en cambio, encuentra que los partidos, sin excepción, están obnubilados por la urna, el voto y los diputados, lo que a sus ojos -limpios de "urgencias electorales"- es definitivamente abyecto. Como la dirigencia sindical, por otra parte, se alinea en las diversas corrientes internas de un Justicialismo a cuya conducción globalmente descalifica, se nos ocurre preguntar, ¿con quién piensa hacer Ramos el Frente Patriótico, como no sea consigo mismo? ¿Con el MAS, con Alsogaray, con Hirsch o con Bignone?

Ya hemos visto cómo Ramos condiciona su aceptación a las banderas democráticas a la previa aceptación por todos de los postulados de la "Revolución Nacional", lo que es un extravío sectario. Pero afirmar que la Multipartidaria es una Unión Democrática raya con lo delirante, no sólo por la presencia del Justicialismo en ella, que el redactor de "La Voz del Interior" le apunta, sino también porque no todo acuerdo o suma de partidos que ponga el acento en las libertades públicas y en el llamado a elecciones es una Unión Democrática.

El político Ramos ha olvidado lo que sin duda no ignora el historiador, a saber, que la Unión Democrática se caracterizó por un contenido oligárquico central, de clase, y por funcionar como polo antagónico antinacional del polo nacional encarnado en 1945-1946 por Perón. Surgió en presencia de un ascenso nacional del pueblo argentino y en oposición a él. Movilizaba, es cierto, a sectores populares de la pequeña burguesía, y levantaba contra el peronismo reivindicaciones democráticas; pero ésto no era su rasgo definitorio sino el elemento coyuntural, "frentista" de la política oligárquica. Por lo tanto, si la Multipartidaria es la Unión Democrática, ¿dónde está Perón, quién cumple aquí ese papel?

¿Bignone?, ¿Nicolaides? ¿O el propio Ramos? Las dos respuestas posibles son igualmente absurdas. ¿Y está la oligarquía detrás del “pentágono político"? Aunque pueda hablarse de la influencia oligárquica sobre sectores de las fuerzas mayoritarias, sólo el infantilismo político más extremo podría identificar a la Multipartidaria con la oligarquía.

Es el mismo infantilismo que, en la parte final de sus declaraciones, permite erigirse a Ramos en censor del peronismo y negar que ese movimiento y partido estén orgánicamente integrados a la Multipartidaria, sin que ningún dirigente representativo de ninguna de sus ramas haya impugnado la decisión formal de sus cuerpos de conducción. Ramos apela aquí a las "bases", según la célebre táctica "ultra" del "frente único por abajo".¡Ellas "juzgarán" la actitud de "algunos justicialistas" que están en la Multipartidaria !

Hay otro punto que debe consignarse aquí. Toda la disparatada crítica hacia la Multipartidaria encubre la subestimación de un elemento fundamental de la actual problemática política argentina, que es el establecimiento de un acuerdo histórico de las diversas fuerzas "populares" para evitar el recurso del golpismo oligárquico, defender las instituciones representativas y aplicar métodos de convivencia democrática en el seno del pueblo. Sabemos bien que esos pactos, esos acuerdos, esas intenciones no pueden sobreponerse por sí solas alas resquebrajaduras estructurales de nuestra sociedad dependiente, pero a menos de caer en un objetivismo mecanicista, debe admitirse que contribuyen a ampliar el margen de maniobra de las fuerzas populares, y son un logro de la conciencia y de la experiencia colectivas.

LA MARCHA DEL 16 DE DICIEMBRE

Para colmo de males, el "tema de la Multipartidaria" es para el grupo Ramos una cortina de humo que enmascara la cuestión de fondo, a saber, el boycott a la marcha del 16 de diciembre. La noche de ese día, tras haber participado con Su propia columna, sus carteles y volantes, y la consigna "Pan y trabajo. Elecciones ya. Abajo la Patria Financiera", el FIP-Corriente Nacional emitió una declaración en cuya parte final se decía: "No es posible llamar a la lucha y quedarse en casa cuando el pueblo sale a luchar".

Al día siguiente, en "La Voz del Interior" de Córdoba, aparecía una declaración nacional del FIP-Ramos explicando el boycott a la Marcha porque la Multipartidaria no planteaba el tema Malvinas y el no pago de la deuda externa. Como crítica es procedente; como justificación del boycott, un despropósito. Boycotear la marcha significó, de hecho, un apoyo a la dictadura militar oligárquica contra el pueblo que salía a manifestar.

La contradicción que en diverso grado se presenta entre la movilización popular y sus conducciones presentes está "en la naturaleza de las cosas" y sólo cabe luchar por superarla en el seno de la movilización, no fuera y en contra *. Esto ultimo es lo que hizo la ultraizquierda cordobesa en las jornadas de mayo del '69: cuando los trabajadores, estudiantes y el pueblo en su conjunto se volcaban hacia el centro hirviente de la ciudad, ellos :fueron "a los barrios" porque no les merecía confianza la "burocracia sindical" ni los "partidos reformistas". De eso nos hemos reído durante varios años. Pero por lo visto Ramos se ríe ahora de otras cosas.

La cuestión, claramente, se plantea en estos términos: a una movilización popular convoca quien tiene :fuerza para hacerlo. Si el FIP-Ramos no podía llenar a su llamado la histórica Plaza y sí la Multipartidaria, había que movilizarse con el pueblo. Objetar la movilización por críticas a la fuerza convocante es como sabotear una huelga justa porque un mal dirigente la convoca.

Otro argumento que el sector Ramos esgrimió fue el supuesto contenido "pequeñoburgués" de la movilización, un modo, nuevamente, de renegar de los objetivos democráticos, que son populares en general, y de descalificar como masa "reaccionaria " a la pequeña burguesía, desenfreno ultraizquierdista que el grupo Ramos, desde la derecha, hereda.

* Lo que antecede debe tomarse en términos políticos y no "agitacionistas", para diferenciarse claramente del petardismo que, por ejemplo, pretendió el 16 de diciembre transformar sobre la marcha la naturaleza de la convocatoria instando a permanecer en la Plaza hasta que el gobierno se fuera. Obviamente, asistir a una movilización supone aceptar el marco del poder convocante sin desnaturalizarlo; autoriza, en cambio, a plantear dentro de él las propias consignas y perspectivas; como parte de una batalla política, tal cual lo hizo el FIP-Corriente Nacional.

LOS DETENIDOS-DESAPARECIDOS

No menos errónea es la posición del FIP-Ramos acerca de los detenidos-desaparecidos. Sobre nuestro punto de vista al respecto nos remitimos, más en detalle, al documento enviado en el mes de diciembre al Episcopado Argentino por el FIP-Corriente Nacional, cuyas tesis básicas son: 1) El tema de los desaparecidos debe encuadrarse en una condena global a toda forma de violencia, secuestro, tortura, muerte ilegal, vengan tanto del terrorismo como del contraterrorismo. 2) No se trata, centralmente, de enjuiciar los "excesos" de la represión sino las normas conforme a las cuales ella fue conducida. 3) El objetivo esencial, no negociable, consiste en establecer institucionalmente la verdad de los hechos, en su condena política sin atenuantes, y en el acuerdo nacional solemne para impedir su repetición. 4) Las formas de la represión son un caso de colonialismo ideológico, pues se inspiraron en la práctica de los ejércitos imperialistas en pueblos sometidos (Francia en Argelia; EE.UU. en Vietnam). 5) Desde el punto de vista esencialmente político, el problema de los desaparecidos es el problema de los que no deben llegar a desaparecer. Erradicar el miedo, la muerte ilegal y toda forma de barbarie de la vida política argentina.

En tal sentido, apoyamos todas las formas reales de movilización por los desaparecidos como parte de Ia lucha democrática y nacional del pueblo argentino, sin que ello signifique que coincidamos con todas las expresiones políticas de esa lucha. Por ejemplo, disentimos cuando se invita a los argentinos no terroristas expatriados a no retornar al país "por falta de garantías". Estamos persuadidos de que, sobre la base de un real sinceramiento y clarificación de los extravíos del pasado, hay que encontrar formas de reconciliación nacional.

¿Qué dice el sector Ramos al respecto?

Leemos en "La Patria Grande" de octubre de 1981, a propósito de una entrevista con la Comisión de familiares de detenidos y desaparecidos:

"Aventurerismo terrorista y represión incontrolada son, en definitiva, las dos caras de una misma crisis, la de una sociedad olígárquica enferma de opresión y dependencia".

Tras este enunciado, eminentemente general y descriptivo, "La Patria Grande" pasa a cuestiones más concretas: "Hay que evitar la utopía (aconseja) de esperar justicia de una sociedad injusta. ..Sólo la lucha por cambiarla de raíz por obra de la acción emancipadora de las grandes mayorías dará realidad al respeto y vigencia de los derechos humanos".

Por lo visto, no cabe "esperar" justicia en el valle de lágrimas de la Argentina oligárquica y es preciso remitirse a la bienaventuranza de la patria emancipada, donde los suplicios del santo Job recibirán gloriosa compensación. Semejante razonamiento sí que es el "opio de los pueblos", aunque se enmascare de fraseología "de izquierda". Seguramente, si el autor de la nota se le ocurriese entablar una demanda de indemnización por despido merecería que el juez dictaminase un "no ha lugar" pues "no cabe esperar justicia de una sociedad injusta". No cabe "esperarla" pero debe lucharse por ella, y ello es el abc, el punto de arranque inexcusable de toda acción emancipadora. Si es cierto que la descomposición de la sociedad oligárquica preña de violencia al cuerpo nacional, no es menos cierto que la lucha contra la violencia en todas sus posibles manifestaciones permite elevarnos a las causas más profundas y generales del problema, es decir, a la lucha contra el sistema oligárquico. El argumento no puede esgrimirse para promover la parálisis y la renunciación.

"EL PREMIO DEL DINAMITERO"

De esta actitud seráfica se pasa a un frenético dinamismo cuando, en el extenso artículo titulado "El premio del Dinamitero" se enjuicia el otorgamiento del premio Nobel a Pérez Esquivel. El "dinamitero" no es Pérez Esquivel sino Nobel, el fundador de los premios de la Paz e inventor de la dinamita; pero el equívoco del título no es inocente.

Todo el artículo es una diatriba en que se exhuma desde la complicidad pro-Stalin de los parlamentarios socialdemócratas noruegos frente al exilio de León Trotsky ( un tema de rigurosa actualidad) hasta las veleidades carteristas de la "izquierda rosa". De un modo indiscriminado, la perdigonada arrasa a cuantos aprobaron el discernimiento del premio Nobel de la Paz a Pérez Esquivel, gente sin pasión ,para "luchar aquí por la soberanía del pueblo", que "siempre espera que la salvación del país provenga de afuera.", sin comprender que "esta democracia occidental carteriana sólo persigue sus propios fines". Obviamente, "en nuestro caso, sólo confiamos en la fuerza profunda e irresistible de las masas populares". Excelente, pero parte de esa lucha "profunda e irresistible" es la lucha por los derechos democráticos, la lucha contra los secuestros, las desapariciones, las torturas y los asesinatos, y no todos los que aplaudían el premio Nobel a Pérez Esquivel buscaban que Carter nos sacara las castañas del fuego.

No es erróneo, antes bien, cumple, señalar que mientras el imperialismo "democrático" se horrorizaba ante la crueldad inaudita de la Argentina, ensalzaba a Martínez de Hoz como paradigma de racional conducción económica, omitiendo la relación causal directa entre el plan económico y la represión. También es lícito señalar la dispar sensibilidad en materia de derechos humanos, por ejemplo, del señor Mitterrand cuando se trata de su violación en la Argentina que cuando siendo él ministro de Ultramar, de Interior y de Estado-, los asesinos eran los generales franceses en Argelía. Pero existe también un campo específico, precaria y relativamente autónomo, de la conciencia moral de la humanidad, que lleva a condenar donde sea estas sevicias y crueldades impuestas por el paroxismo de la "razón de Estado", y, sobre todo, no puede evadirse esta cuestión concreta: "La nominación de Pérez Esquivel, ¿fortalecía o no fortalecía la lucha contra estas prácticas repudiables dentro de nuestro país, emprendida por gente con alto coraje cívico, no complicada directa ni indirectamente con la gangrena del terrorismo subversivo?" En ningún manual de teoría política está escrito que un pueblo sometido del tercer mundo deba despreciar las "contradicciones secundarias" del campo imperialista, aunque es obvio que para quitarnos una soga no corresponde que nos pongamos otra alrededor del pescuezo.

DERECHOS HUMANOS Y CONCIENCIA NACIONAL

La legitimidad de esta lucha es independiente de los errores políticos que juntos o separados puedan cometer sus portadores. Pérez Esquivel, recientemente tratado de "idiota" desde las columnas de "La Patria Grande" ha incurrido en ellos a nuestro entender con creces en cuestiones como la guerra de las Malvinas. Pero eso no lo condena en la esfera de su actuación más específica. No todos, por otra parte, incurrieron en los mismos extravíos durante el conflicto del Atlántico Sur. Ernesto Sábato, por ejemplo, cuya lucha por los derechos humanos ha sido notoria, definió ejemplarmente la cuestión al afirmar: "Esta no es una guerra entre la democracia inglesa y la dictadura militar argentina, sino una guerra entre el imperialismo británico y el pueblo argentino". Pero ni Sábato ni Pérez Esquivel confiaban a Carter lo que sostenían con su pellejo dentro mismo del país, "in vultu Tyranni", "ante el rostro del tirano".

Ahora bien, la descomposición del régimen oligárquico estalla como una granada en el cuerpo de la sociedad argentina, afectando a todos sus sectores, desde la clase trabajadora a la juventud, desde la Iglesia a las Fuerzas Armadas, desde los profesionales e intelectuales a los sectores productivos de la ciudad y del campo. Es lógico que las oposiciones generen un mosaico de conflictos, de planteos fragmentarios, de generalizaciones erróneas, que sólo un tenaz proceso de lucha y clarificación político-ideológica permitirá articular en un conjunto. Absolutizar este o aquel aspecto implica sustraerlo a la "voluntad general"; combatirlo o ignorarlo, supone empobrecer de su concurso a esa mismo "voluntad general".

Una clarificación del tema "derechos humanos" es indispensable para asentar las condiciones más inmediatas de un florecimiento democrático por el que clama la sociedad argentina. Más allá de los legítimos contenidos éticos y emotivos que entraña el tema, no es posible que su manejo abstracto, no político, genere cristalizaciones que en definitiva nos restituyan ala antinomia "seguridad nacional/pueblo argentino". La "reconciliación" no es una mera empresa ética. Tiene un fuerte contenido objetivo: la recuperación de la conciencia nacional. A ella llegamos desde todos los conflictos y oposiciones, desde el alumbramiento de la guerra de las Malvinas y desde la reflexión crítica sobre la violencia de múltiple signo que nos enlutó por una década.

NI PROVOCACIÓN NI COMPLACENCIA

Por consiguiente, entendemos que elude los aspectos fundamentales la posición asumida por el FIP-Ramos ante el equipo de Pastoral Social del Episcopado, al sostener que el gobierno debe suministrar información sobre todos los actos del terrorismo, desde el asesinato del general Aramburu, y de la acción "contraterrorista " de las Fuerzas Armadas, "incluidos los excesos" que puedan haberse cometido; que la Iglesia se encargue de dar información oficial a los familiares de los desaparecidos y la justicia tome intervención "en todos los casos que sean necesarios".

Es sin duda correcto, como ya hemos dicho, que el enjuiciamiento de la cuestión desaparecidos no puede separarse de una condena global de la violencia, lo que incluye enfáticamente la condena del terrorismo subversivo. Pero, así como sería aberrante condenar de este último sólo sus "excesos", lo es también hablar de "excesos" en un tipo de represión cuyo carácter general hemos definido. No son los "excesos" sino la "norma" lo que debe centralmente enjuiciarse, y esto focaliza el tema en el plano político y no en el hipotético ámbito judicial.

Por lo demás, ¿qué hacían los terroristas sino levantarse en armas contra el gobierno constitucional elegido por la voluntad soberana del pueblo argentino? ¿Puede omitirse entonces en el análisis la impugnación de un procedimiento represivo que en vez de apuntalar al gobierno constitucional atacado comenzó por derrocarlo para implantar una dictadura singularizada por el Plan Martínez de Hoz?

De uno y otro lado se enfrentaron, sobre las espaldas del pueblo argentino, dos proyectos antinacionales cuya escalada resultó simétrica y complementaria. Superar el nefasto círculo vicioso supone la crítica con sentido nacional de ambos proyectos, o sea el establecimiento de un terreno de encuentro para el conjunto del pueblo argentino.

Por eso mismo, no podemos aceptar que la cuestión desaparecidos se maneje de modo no político enmarcándola en un civilismo "antimilitarista" que, por un lado, oculta la responsabilidad originaria que también aquí compete a la oligarquía y a las multinacionales ; por el otro, empuja al estamento militar a cerrar filas defensivamente, lo que sólo puede ocurrir mediante una regresión reaccionaria al 1º de abril de 1982. Pero esto no significa caer en el extremo inverso de la complacencia, tan estéril como peligrosa, pues sin una profunda autocrítica acerca de la violencia ilegal –incluida la violencia represiva- los procesos se harán recurrentes y abortará desde el vamos toda pretensión de la democracia real.

NUESTRAS PERSPECTIVAS

Resumamos las divergencias que nos separan del FIP-Ramos y vuelven imposible la convivencia en una misma organización partidaria:

1) Abandono del proyecto originario del FIP como confluencia de los diversos sectores y corrientes que se orientasen en una perspectiva de izquierda nacional. Sectarización y mesianismo que impiden, desde el interior del actual FIP, abogar hoy por esa confluencia.

2) Degeneración autoritaria que ha roto toda legalidad partidaria y estatuye en la figura del presidente del FIP la soberanía de la conducción.

3) Desviaciones políticas que controvierten nuestras tesis históricas según las cuales la "alianza plebeya" entre los trabajadores y la pequeña burguesía conforma el eje de la revolución popular en la Argentina. Subestimación sistemática de las banderas democráticas, con el corolario de un manejo unilateral de las banderas nacionales. Olvido de la perspectiva socialista.

De lo dicho se desprende que al constituirnos en un partido autónomo somos consecuentes con nuestra trayectoria política enriquecida y depurada por las experiencias del período anterior.

Al hacerlo, tenemos conciencia de representar un aporte valioso a la tarea que nos convoca, lo cual implica un compromiso correlativo de acumulación y desarrollo de las propias fuerzas en función de esa misma tarea.

Con esto queda dicho que no aspiramos a sustituir una secta por otra sino a promover la constitución dé una gran fuerza de la izquierda nacional en la Argentina.

Como hemos venido insistiendo, el ámbito de la izquierda nacional posible y necesaria se define por tres rasgos básicos, dentro de la plausible diversidad de corrientes y tradiciones: 1) Sostener la perspectiva socialista en la revolución nacional. 2) Alianza estratégica con el movimiento nacional histórico, es decir, centralmente, con el peronismo. 3) Tercera posición latinoamericana y no alineada. Nuestra visión del socialismo es participatoria y autogestionaria.

También hemos dicho que para el movimiento nacional en su conjunto dista de ser indiferente la necesidad de que se desarrolle una poderosa izquierda nacional en la Argentina.

En primer término porque la reanudación y desenvolvimiento victorioso del proceso de la revolución nacional supone un desarrollo hacia la izquierda, es decir, el cuestionamiento de las estructuras básicas de la dependencia: el capital extranjero y la oligarquía terrateniente, intermediaria y financiera.

En segundo lugar, porque o bien el campo nacional crea su propia izquierda, o se la crearán provocativa y antagónicamente las superpotencias a fin de bloquearlo y estrangularlo.

La guerra de las Malvinas ha puesto de manifiesto hasta qué punto la Argentina desempeña potencialmente un papel clave en el destino de América Latina. Para el imperialismo yanqui y el sistema de las grandes potencias que dirimen a nuestras espaldas sus acuerdos y antagonismos, es pues indispensables bloquear a la Argentina, impedir el descongelamiento de su proceso nacional. En este empeño, uno de los objetivos centrales consiste en capturar el lugar de la izquierda a fin de mediatizarla y esterilizarla.

Con este fin se despliegan formidables influencias ideológicas y materiales. La magnitud de la confrontación mide, asimismo, la envergadura de la tarea. No es posible responder a ella con espíritu divisionista y estrecho. Sólo ligándonos al viviente cuerpo de la sociedad argentina; sólo multiplicando la relación fecunda y creadora con el peronismo y demás fuerzas de signo nacional; sólo estimulando la confluencia hacia un poderoso movimiento de la izquierda nacional, seremos consecuentes con la tradición revolucionaria a la cual pertenecemos.