UN DISCURSO QUE EXIGE CIMIENTOS NOBLES

Editorial
UN DISCURSO QUE EXIGE CIMIENTOS NOBLES
* Por Nestor Gorojovsky – Secretario General

El discurso de la presidenta de la Nación en la inauguración de la 86a. Asamblea General de las Naciones Unidas a fines de setiembre fue, para decirlo sin exagerar, una pieza histórica.

Cristina Fernández de Kirchner resumió allí, en un ejercicio de oratoria contemporánea y precisa, las reivindicaciones elementales de los pueblos oprimidos del planeta Tierra.

Podría decirse que el discurso resumió el "máximo denominador común" de esas reivindicaciones. Siempre es posible, desde ya, hacer mejores discursos. Muchos de los planteos de la Dra. Fernández de Kirchner quedan por detrás de lo que muchos países están desarrollando en este momento. E indudablemente, "hace falta más".

Pero el objetivo de una política, de un discurso político, no pasa por reclamar todo lo necesario aunque sea imposible sostenerlo luego.

Tampoco pasa por esa banalidad que se denomina "el arte de lo posible". La política tiene que servir para transformar, para eliminar las barreras que hacen "imposible" lo posible. Es, como decía -paradójica pero no casualmente- el muy conscientemente reaccionario pensador de derechas francés Maurice Barrès, "el arte de hacer posible lo necesario".

Y para hacer posible lo necesario se debe partir de un punto en común. El punto en común, que fue enfatizado por la presidenta de los argentinos ante el máximo foro multilateral de nuestro tiempo, es el hartazgo con la multilateralidad despótica de un Occidente que, con Estados Unidos a la cabeza, leyó la caída de la URSS como la victoria final de la supremacía de los "civilizados" sobre los "bárbaros".

CFK, hija de la Argentina, no ignora lo que significa esa confrontación entre "civilización" y "barbarie". "Civilización" fue el nombre que se autoasignó el colonialismo del siglo XIX y designó  finalmente al puñado de bandidos imperialistas que llevaron al planeta entero de cabeza a las dos tragedias sucesivas de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

Hoy, la restauración colonialista del imperialismo en decadencia se autodenominó "globalización". Y su bandera fue la de la "libertad de comercio" transmutada en "libertad de mercado" junto a una "democracia" formal que se intentaba hacer pasar como "respeto a los derechos humanos".

Nada de esto fue dicho explícitamente por Cristina Fernández de Kirchner en la Asamblea de la ONU. Pero su discurso estuvo plagado de referencias directas al ejercicio del poder mundial por las grandes potencias: CFK señaló la obsolescencia del sistema de las Naciones Unidas tal como viene desde 1945, la necesidad de apoyar la lucha de Palestina, la devastación provocada por las agresiones militares y los ataques con armas de destrucción masiva (por Estados Unidos, por cierto), las consecuencias de esos ataques para los propios países agresores, y hasta en el inicio de su discurso plantó una pica en Flandes, al hacer notar que el presidente de esa jornada de la Asamblea General era el primer ministro de un país perteneciente a la CELAC.

CFK también habló de temas directamente atinentes a las reivindicaciones argentinas: Malvinas, fondos buitres, los principales. Y en un "uno-dos" que hubiera envidiado cualquier boxeador, se repartió con Dilma Rouseff el ataque a la injerencia estadounidense hasta en los teléfonos presidenciales de sus propios amigos. Y, por supuesto, también mencionó el "tema Irán".

Cabe aquí una reflexión especial. El diario "La Nación", al informar sobre el discurso de CFK, tituló en tapa que había tenido una dura crítica a Teherán. El resto, lo mandó al texto del artículo, donde recién en el párrafo quince dice lo fundamental (que todo el discurso tuvo un duro tono de reconvención a Washington).

Es natural: "La Nación" es la voz del imperialismo y sus aliados locales, y resalta lo que tiene que resaltar. Lo que no es nada natural es que dos diarios porteños que, se supone, son partidarios del gobierno en mayor o menor medida, como "Tiempo Argentino" y "Página 12", hayan seguido la misma línea que la tribuna mitrista.

En vez de resaltar el mensaje entero de la Presidenta, se centraron en un tema menor (y para colmo lo mencionaron mal: porque en el discurso de CFK no hay una "pelea" sino un firme recordatorio a alguien en quien -se lo dijo expresamente- la Argentina "confía", para poner punto final a los dimes y diretes interesados en torno a los trágicos y sangrientos acontecimientos de la AMIA y la Embajada de Israel.

Es que el mitrismo no es solo un medio o un par de medios. El mitrismo es una ideología completa y un paquete de intereses económicos que sigue oprimiendo como una pesadilla incluso el cerebro de quienes apoyan a CFK, la más antimitrista de las presidentas argentinas desde la batalla de Pavón. Una antimitrista rodeada de mitristas, es un gran peligro.

Porque este discurso, antiimperialista y al mismo tiempo concreto, duro y medido, exige un apoyo tan duro como su mensaje. El imperialismo toma cuenta de lo sustancial, no de lo accesorio, y nos va a querer hacer pagar estas palabras. Esto impone tres tareas dentro del país: a)     apoyar decidida y completamente a todos los candidatos del FPV para cerrarle el paso a los candidatos de la Embajada en las elecciones de Octubre, b) limpiar las filas del aparato de Estado de cambiacasacas, oportunistas, frívolos y superficiales, para hacer honor a ese discurso y sus implicancias, y c)      reconstruir la vasta alianza de clases con que el kirchnerismo se desplegó desde 2003, y abrir la composición del frente nacional para que en él puedan expresarse, sin verticalismos sofocantes, todas las líneas que tienen un interés común en defender al proyecto en marcha.

Sin este último movimiento, la doctora Fernández de Kirchner, que se atrevió a llamar lobos a los lobos, puede quedar sola en la jaula delas fieras. Y todos pagaremos muy caro ese desenlace.


Para construir un rancho, hace falta hasta guano, decía Perón. Pero en escasa medida y no precisamente en los cimientos, las columnas, ni las vigas. En el mundo de hoy, asentado sobre líneas de falla más inestables que las de San Juan y Mendoza, necesitamos una estructura sólida y flexible a la vez.

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