SALIÓ PYP NRO. 40

** Por Nestor Gorojovsky


La movilización cacerolera del jueves 13 de setiembre tuvo un componente nuclear inconfundible: las rancias formaciones del estáblishment que, física o moralmente, dieron el tono general de una serie de batifondos de barrio fino más extendidos y enfáticos que su más directo antecesor, la neurótica movilización de principios de junio.

Todo el contenido de clase de esta marcha se define por la defensa del derecho individual a “hacer lo que quiero con mi plata” (léase a comprar los dólares que se me antoje, aunque eso funda al país). No nos extenderemos sobre estos aspectos sociológicos, de tan evidentes que son.

El leit motiv de los días previos, el machacar permanente de los grandes medios y de las redes sociales, fue la consigna “No tenemos miedo”. En parte, fue un modo de animarse unos a otros. En parte, publicidad. Pero en todo caso, fue coreada también, y quizás fue una de las más coreadas, durante los cacerolazos.

“Miedo, ¿de qué?”, podríamos preguntar. Saben que no serán reprimidos. Saben que no irán presos. Saben que no sufrirán consecuencias. La policía solo ordenó el tráfico para que pudieran desplazarse, algo que no los sorprendió. Nadie fue a agredirlos, y aquellos a los que ellos agredieron (que alguno hubo) fueron retirados rápidamente del sitio donde se produjo la algarada.

Pero hay algo más: no tienen miedo a una réplica contundente en el mismo terreno en que plantean su desafío. Elestáblishment leyó las entrelíneas de la ciega confianza oficial en el 55% electoral de Cristina Fernández de Kirchner. Está convencido de que el gobierno, al parecer, no está dispuesto a ganar las calles para confrontar con ellos.

Han visto cómo se sacó de encima, para no pagar costos que considera demasiado elevados, al sector de la CGT comandado por Hugo Moyano, que era el que mayor capacidad de movilización había mostrado. Han visto que prefiere hacer actos en estadios de fútbol, y han deducido que no tiene confianza ni –quizás- demasiada fe en la importancia de ganar las calles. Se dan cuenta de que el gobierno prefiere comunicar “directamente” a la Presidenta con el pueblo, pero no desde el balcón a una Plaza de Mayo fervorosa sino por vía de la “cadena nacional”, que transmite reuniones cerradas con funcionarios de asistencia perfecta. Detestan esa cadena, sí, pero perciben que la insistencia en esa vía desmoviliza les deja el campo libre para que movilicen a su antojo.

Porque no solo estáblishment hubo en estas movilizaciones. Sin llegar a ser masivas, fueron nutridas. La dinámica política de los últimos meses le estuvo regalando sectores de clase que, en rigor, deberían estar de nuestro lado y no del de ellos. Es cierto que el famoso 55% contiene elementos debilitantes de por sí (quienes votaron por Cristina y Macri, Cristina y de la Sota, o Cristina y del Sel para no dar sino tres ejemplos, estuvieron en las calles para proclamar sus verdaderas preferencias). Pero la participación, que la hubo, de sectores más populares debe mover a la reflexión.

Daremos un solo ejemplo, que quizás condense a todos. Hubo en las movilizaciones de Buenos Aires un grupo de trabajadores del Banco Ciudad, que no deberían haber estado allí. Los puso en la calle, sin embargo, el pésimo manejo con que se llevó adelante la medida, correcta y justa en general, de traspasar al Banco Nación fondos generados por los tribunales de justicia de la Capital Federal.

La medida se tomó sin consultar a quienes mejor podían haber asesorado (los representantes sindicales del gremio bancario, fulminados ahora porque mantienen su apoyo a la CGT Azopardo). Entonces, no se percibió que si bien en el caso de los tribunales federales de Capital Federal era intachable, en el caso de la justicia ordinaria solo era consecuencia de la manifiesta morosidad del gobierno central en traspasar esa jurisdicción al gobierno de la ciudad, cosa que debería ser consecuencia natural de la autonomía.

(No estamos a favor de esa autonomía. Por el contrario, nos parece una gravísima inconsecuencia. Pero si desde el gobierno central se insiste en que “la ciudad” se haga cargo de ella en plenitud en el caso del subterráneo, no se le puede brindar el flanco débil de negarle su ejercicio en el caso de la justicia ordinaria.)

Los bancarios del Ciudad no son más ni menos estúpidos que cualquier otro ciudadano. Se les hizo demasiado obvio que una medida que la patronal macrista seguramente iba a utilizar para justificar un endurecimiento de las relaciones laborales -e incluso algún despido, si al caso viene- se derivaba de manejos de poder que en nada servían al objetivo central de unificar a las grandes masas del pueblo argentino en pro de la constitución de una patria justa, libre y soberana, que es todo lo que cabe exigir de un gobierno peronista.

Este tipo de manejos erosiona el apoyo generalizado de que justificadamente goza el gobierno. Cada vez se hace más necesario un polo de reagrupamiento de todos aquellos que percibimos la necesidad urgente de ofrecer a los argentinos un ámbito desde el cual puedan apoyar al gobierno nacional sin verse obligados a aceptar sus errores por buena moneda. En esa tarea, aquellos sectores de la Izquierda Nacional que no hayan derivado en oportunismos irremontables hacia la burguesía nacional, o que no hayan caído en un rechazo ultraizquierdista del kirchnerismo, tenemos una responsabilidad esencial. Pero no seremos los únicos que formemos parte de él.

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