SALIÓ PYP NRO. 35!

EDITORIAL POR NESTOR GOROJOVSKY

Cristina Fernández de Kirchner obtuvo más del 50% de los sufragios en las internas abiertas, y restableció su centralidad en el tablero político argentino.

Las “primarias abiertas, simultáneas y obligatorias” fueron, como anticipábamos en nuestra editorial del número anterior de PATRIA Y PUEBLO, una verdadera primera vuelta presidencial. En esa nota instábamos a todos los argentinos a tomarlas de este modo y, por lo tanto, a utilizarlas para reafirmar la candidatura presidencial de CFK ante el vendaval erosionante que los grandes medios habían desatado a partir de varios resultados adversos en importantes elecciones locales.

No creemos, ni por un segundo, que esa exhortación haya sido el motivo fundamental del resultado, por supuesto. Pero sí creemos, en cambio, que con ese llamamiento los socialistas de la Izquierda Nacional supimos sintonizar el sentimiento común de la mayoría de los argentinos. Y algo, además, habremos ayudado, con seguridad, a consolidarlo.

La segunda consecuencia de esas elecciones fue que la candidatura de Cristina Fernández se convirtió, además, en una muralla defensiva alzada voto a voto contra los diversos candidatos dispuestos a atrasar el reloj y retornar a la miseria profunda de las últimas décadas del siglo XX.

UN VOTO EN DEFENSA PROPIA

Esa mayoría electoral es, ante todo, un rotundo “no”, a la propuesta imperialista de reorganizar nuestra economía como apéndice primario agroexportador, desindustrializado, del centro metropolitano. Es un rotundo “no” a la ambición oligárquica de rapiñar hasta el último centavo de la renta diferencial de que disfruta desde que se adueñó de esa riqueza colectiva de los argentinos que es el suelo de la Pampa Húmeda. Es un rotundo “no” a que los esfuerzos del conjunto del pueblo para mantener una paridad cambiaria protectora caigan, sin límite, en los bolsillos de un empresariado desinteresado de la capacidad de consumo de sus propios trabajadores.

Es, también y entonces, un rotundo “no” a que el mercado interno argentino y los ingresos de la población sean variable de ajuste para solventar la crisis mundial. Es un rotundo “no” al retroceso en el camino de reunificación sanmartiniana y bolivariana de América Latina. Es un rotundo “no” a la subsidiariedad del Estado, a la dictadura económica, social y política de los monopolios privados, al sometimiento de la Argentina a necesidades ajenas a las de su propio pueblo. Es un rotundo “no” al cipayismo intelectual, y una forma de autorreconocimiento contra la dictadura feroz de los colonizadores mentales. Es un rotundo “no” a la destrucción de las estructuras educativas, de salud pública o previsionales, de la Nación.

Es un rotundo “no”, en fin, a todo intento de reinstalar en la Argentina las funestas orientaciones de gobierno heredadas del largo ciclo de hegemonía oligárquica iniciado en 1955. Como alguien dijo por ahí, al apoyar a Cristina Fernández, los argentinos votamos “en defensa propia”.

LA NEGACION AFIRMATIVA

A cada “no” le corresponde un “sí”: economía industrializada, apropiación colectiva de al menos parte de la renta diferencial pampeana, tipos de cambio diferenciados acorde con las productividades relativas de las diversas ramas de la economía, aumento de la porción de la riqueza que se convierte en salarios y servicios a los sectores más humildes, blindaje contra la crisis planetaria, creciente unidad latinoamericana en todos los órdenes, control y direccionamiento estatal de los sectores concentrados, reafirmación cultural, inversión pública creciente y en particular en educación, salud y seguridad social. Y muchos más: desarrollo científico independiente, rescate de inteligencia emigrada en el período anterior, sustitución de importaciones, aumento del parque habitacional, son algunos ejemplos.

La dimensión de esta negación afirmativa se revela también en otros dos hechos de masas, que forman el marco social en el que terminó por dirimirse esta elección. El éxito formidable de la muestra Tecnópolis (que ya supera los dos millones y medio de visitantes, o sea dos millones y medio de sopapos contra el tilingo de Mauricio Macri, ingeniero que no quiere un país para ingenieros y se negó a albergarla el año pasado argumentando que “entorpecía el tránsito”) se contrapone a la languidez de invierno histórico que acalambró a los dirigentes económicos, gremiales y políticos que se congregaron, mustios, en la Exposición Rural que, en el predio malhabido de Palermo, a gatas si juntó un cuarto de millón de visitantes.

Finalmente, y pese a que muchas veces la cosa parece ir para el lado del hartazgo, cabe sumar en el aspecto afirmativo de la decisión masiva un hecho que tendrá enormes consecuencias: la repolitización de la vida cultural de los argentinos, impulsada desde el poder central frente a la voluntad banalizante de las grandes usinas desinformadoras del complejo mediático del coloniaje.

LOS GRANDES PERDEDORES

Es por eso que, quizás por no leer nuestras editoriales, Ricardo Alfonsín probó con su actividad política concreta cuán grande le queda la ropa heredada de su papá el difunto ex presidente. Raúl Alfonsín no hubiera dudado un instante en quemar todas las naves para mantener una alianza sólida con Hermes Binner, que es lo que sugeríamos que iba a hacer el ínfimo vástago del que, imprudentemente, llegamos a caratular tiempo atrás como “Tartufo de Chascomús”. No nos faltaban los motivos. Lo que nos faltó fue imaginación para ver que podía haber algo peor.

Los grandes derrotados en esta elección, para eterna ira de los editorialistas de “La Nación” y cólicos interminables del Sr. Magnetto, fueron precisamente los políticos que asumieron como propio el legado que provocó el incendio del 19 y 20 de diciembre de 2001. Tanto Eduardo A. Duhalde como Ricardo Alfonsín actuaron, respectivamente, como el veterinario y el ingeniero agrónomo de un país moribundo. Sin percibir que el ánimo popular se estaba orientando hacia un futuro de industrias y paria más que hacia un pasado de agribusiness y entrega, se recostaron sobre su extrema derecha para aspirar a campeón de peso pesado contra un kirchnerismo al que, tras los resultados parciales en Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, veían en decadencia.

Cometieron el peor error del embaucador: creer, sinceramente, en su propio engaño. Fueron incapaces de “correrse a un costado”, lo que quizás sea demasiado pedir, o al menos -como clamaban desesperadamente los editorialistas de los grandes medios- llegar a un acuerdo para encaramar al menos a uno de ellos en el podio. Reconózcasele a Mauricio Macri la astucia de haberse bajado de la confrontación, porque gracias a ella ahora puede aspirar a ser el próximo candidato a liderar un proyecto sin futuro pero con largo -y negro- pasado.

Asignémosles unas palabras a las dos Casandras fayutas del desastre, Pino Solanas y Lilita Carrió, quienes sea con indignación, sea con satisfacción incomprensible, predijeron el Apocalipsis en caso de vencer Cristina Fernández de Kirchner. A ellos les fue peor que a nadie. Colocarse en la más extrema oposición a quien condensaba la voluntad autodefensiva de los argentinos no podía tener otro resultado. Hasta la secta de Altamira logró más votos, quizás por cierta respetable veta sentimental de muchos compatriotas que no pueden ver vacío el casillero electoral de la “izquierda pura”. Que el Frente de Izquierda merezca ese título, es otro tema sobre el que ya hemos hablado mucho y no retornaremos.

LOS QUE SUPIERON VER EL PANORAMA

Dos fuerzas, dentro de una oposición que en general quedó aplastada por el aluvión kirchnerista, pueden reclamar con toda justicia cierto derecho a la celebración. Ambas percibieron que oponerse por principio al rumbo kirchnerista garantizaba el desastre.
Una es el singular peronismo puntano, que logró una interesante participación electoral y hasta venció al kirchnerismo (y abrumadoramente) en San Luis. Es, para su desgracia, incapaz de gestar una alianza fuera de los límites de su provincia que pueda reproducir aquello que sí hizo dentro de los mismos, aunque los últimos movimientos de Alberto Rodríguez Saá demuestran que ve claramente por dónde viene el futuro: apenas terminó el acto electoral, salió a saludar no sin gracejo a la gran ganadora, y al cierre de esta edición, declaraba abiertamente que entre CFK y Eduardo Duhalde, optaba por la primera.

La otra, pese a un serio sofocón local que le pone un signo de interrogación sobre la frente, es el socialismo de base sojera encabezado por Hermes Binner. Sin dejar de ser, en última instancia, una versión reformista de un pasado al que no quiere retornar el país, y sin dejar de ser tampoco la cabecera de puente litoraleña de la socialdemocracia española, su reformismo crítico (más retórico que real, aunque en ciertas instancias supo votar a favor del proyecto kirchnerista… pero no cuando la “125”) lo ha colocado en el sitio esperado de “gran esperanza blanca”, de candidato opositor potable para el bloque oligárquico, que desespera ante la imposibilidad (más política que legal) de que los votantes del resto de los candidatos del ya muerto “grupo A” deriven su voluntad hacia el rosarino.

LOS PELIGROS DE LA ABUNDANCIA

Tanta bonanza electoral tiene sus riesgos. El proyecto kirchnerista ha sido plebiscitado, y eso es muy bueno. Pero no ha sido plebiscitado para quedarse en lo que es. A partir de ahora (y electoralmente esto se verá en la transformación de Binner en el nuevo candidato del bloque antinacional) deberá ir a la raíz de los problemas que su propuesta de capitalismo autocentrado propone liquidar.

En este camino, la conformación de las listas de candidatos decidida por Cristina Fernández de Kirchner no deja de hacer sonar algunas chicharras de alarma. El triunfo de CFK no anula las derrotas locales, aunque les da un marco y las limita (la corta vida del “cordobesismo” delasotista es quizás la más cómica de las demostraciones). Y esas listas no siempre han sido del agrado de la misma población que sí apoyó a la Presidenta en su aspiración reeleccionaria.

En las semanas posteriores a las primarias, el kirchnerismo parece haber decidido hacerse más palatable a las patronales, y “poner en su lugar” a las conducciones sindicales algo respondonas. No es una novedad para quienes conocemos el carácter pendular de la conducción bonapartista del movimiento nacional, desde la llegada de Perón al poder con apoyo de los trabajadores. Pero tampoco es una novedad que esa política, en los momentos de prueba, no rindió precisamente buenos resultados.

Sobre estos asuntos, hablaremos en la próxima edición de nuestro periódico. Pero alertamos desde ahora contra el riesgo de adormecer el impulso transformador y de imaginarse un triunfo contra la oligarquía que no parta de una creciente participación de los trabajadores argentinos en la lucha política.

Ni siquiera el muy burgués (y muy bien orientado, por cierto) proyecto de “industrializar la ruralidad” saldrá adelante sin radicalizar el rumbo, más que solo “profundizarlo”, y sin una alianza que asigne al movimiento obrero un lugar que, explícitamente, le ha sido negado en la actual instancia electoral.

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