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La "Naranja Mecánica" y los disturbios en Londres

En 1962, en una reacción contra el gobierno laborista el ultraconservador escritor inglés Anthony Burgess escribió “La Naranja Mecánica”, una espeluznante novela ambientada en el futuro próximo.

Aparece allí una Inglaterra sin alma y socialista donde la delincuencia urbana se ha salido de madre al punto que la policía empieza a utilizar técnicas conductistas de acondicionamiento de los delincuentes que, literalmente, los dejan sin libre albedrío para hacer daño.

Burgess era, además de conservador, monárquico y católico (pero poco afecto al culto). Además, se autodefinía como una “especie de anarquista”. Y lo era, en el más estricto sentido de abominar de toda sociedad, opresora por definición de la libertad individual. Es decir, era partidario en la práctica de aquello que personificó Margaret Thatcher, la idea de que “la sociedad no existe, solo hay individuos”. 

Tan es así que en 1978, como prefacio de un ensayo sobre el poder propagandístico de la novela de anticipación, escribió otra novela ambientada en el futuro, “1985”, en la cual imaginaba cómo hubiera sido Inglaterra de no haber existido Margaret Thatcher.

Aquello que se expresa a grandes trazos en "La Naranja Mecánica" se define claramente en "1985". En realidad, sería difícil encontrar una mejor imagen de lo que suponen los reaccionarios que sería un mundo socialista.

En ese país hipotético, el poder de los sindicatos ha llegado casi a ser absoluto. Una serie de huelgas paraliza la economía hasta hacerla prácticamente inmanejable. Finalmente, la CGT inglesa (el Trade Unions Congress, TUC) se hace con el poder y cambia el nombre del Inglaterra a Tucterra.

El personaje central, Bev Jones, integra la resistencia. Su esposa murió en un incendio, mientras los bomberos, en huelga, se limitaban a observar. Jones había trabajado como profesor de historia en la Universidad, hasta que el pragmatismo laborista consideró que ese trabajo era superfluo y solo valía la pena enseñar materias industrialmente útiles. Así que termina trabajando como dependiente en una caramelería.

Un día que, pese a haber huelga, va a trabajar como expresión de rebeldía, lo echan de inmediato. Su hija, con una enfermedad mental, termina en una miserable institución estatal, y él se queda sin casa.

Roba para vivir, y lo internan en una especie de centro de reeducación donde los representantes del nuevo estado socialista tratan de adoctrinarlo y transformarlo en un ciudadano “productivo” y cooperativo.

No lo convencen y transcurre su condena. Apenas queda libre se integra a la renovada resistencia, los Británicos Libres. Parecen un grupo de patriotas sinceros, pero en esencia son un ejército de rompehuelgas financiados por oscuros mecenas que no se sabe bien qué pretenden. Al fin, el gobierno de Tucland cae y los Británicos Libres toman el poder solo para descubrir que los financieros habían sido prósperos inmigrantes árabes cuyo objetivo era imponer un estado islámico sobre la isla.

En primer lugar, reemplazan la cerveza tibia que es la bebida tradicional inglesa por un sucedáneo que usa tranquilizantes suaves ya que el alcohol está prohibido por la ley coránica. Bev Jones nuevamente trata de resistir, esta vez enseñando historia inglesa a unos pocos interesados. Pero termina suicidàndose tal como lo hizo su país.

Ambos delirios (“1985”, y especialmente “La Naranja Mecánica”) parecen presidir la reacción de la burguesía y pequeño burguesía inglesa ante la rebelión que estalló estos días en los barrios pobres de ese país.

Leemos en los cables que un joven de 16 años acaba de ser enviado a juicio oral por la muerte de un jubilado durante los disturbios, el gobierno promete exponer públicamente a los condenados y presiona a la justicia para extremar las penas a los imputados. Esto no sería loco, si no fuera por el contexto: a la madre del muchacho, que trató de defenderlo como pudo, la acusaron de obstrucción de la investigación policial y también irá a juicio.

Se mejorará el entrenamiento de la policía y extenderán sus atribuciones para lidiar con futuros incidentes del mismo tipo, incluyendo la capacidad de establecer toques de queda o dispersar grupos de personas. La mayoría de la población aprueba el castigo severo a los alborotadores, aunque algunos casos (como la condena a seis meses de prisión a uno que se robó un pack de botellas de agua mineral) han despertado cierta polémica.

La mayoría de los detenidos fueron remitidos a cortes especiales, con capacidad de emitir penas mayores que los de un tribunal de primera instancia. A dos de cada tres acusados se les rechazó la libertad bajo fianza (normalmente se hacía esto solo en el 10% de los casos).

Si bien no hubo intentos abiertos del gobierno para influir sobre la justicia, las asesorías legales de los juzgados londinenses recomendaron a los jueces “considerar si su capacidad punitiva es suficiente para lidiar con algunos de los casos generados en los recientes desórdenes”, un verdadero llamamiento a declararse incompetentes para que el caso lo traten tribunales capaces de dictar penas más graves.

La nueva legislación antidesmanes propuesta por el gobierno incluye el desalojo compulsivo de viviendas sociales y la inhabilitación temporaria de servicios de mensajería telefónica celular.

Pero hay algo más. El gobierno presionó a los fiscales para levantar el anonimato protector que corresponde en los casos de acusados (no sentenciados, meros acusados) menores de 18 años. Y entre las leyes propuestas se incluye el derecho a la policía de desenmascarar encapuchados ante las cámaras para que el público los reconozca. En la misma línea, el aliado pequeño burgués del Partido Liberal Demócrata, Nick Clegg, informó que se obligará a los jóvenes que no reciban penas de cárcel a limpiar las zonas afectadas con un mameluco identificatorio, para que se enfrenten “cara a cara con sus víctimas”.

La Inglaterra burguesa se dirige raudamente hacia su propia versión de la Ley de Lynch, por lo visto. La “Naranja Mecánica”, entonces.

Sí, pero bajo un gobierno conservador y no bajo uno laborista. Es que, como dijo Cameron, la causa de los desmanes fue un “colapso moral” de la sociedad británica, caracterizado por una creciente irresponsabilidad, indiferencia, pereza y egoísmo. Tiene razón, salvo en un detalle: que esos defectos fueron instilados a ese país precisamente por la burguesía imperialista, que les sumó una codicia irrefrenable (también visible en la actitud de los revoltosos) y un hambre imparable por lo ajeno.

Es lo que le enseñó Margaret Thatcher, justamente, a los ingleses: que no hay sociedad, solo hay individuos. Y por lo tanto no hay sanción moral posible.

El pobre papel del laborismo, dicho sea de paso, se sintetiza en la sarta de banalidades con que “explicó” Ed Miliband los sucesos. Los atribuyó a “la pobreza, el desempleo, la marginación social y la falta de perspectivas para los jóvenes”. Sí, bien. Pero ¿quién creó en Inglaterra esas condiciones? Acaso el laborismo de Tony Blair, la genuflexión final del laborismo ante la burguesía y el Credo en el capital sin límites no tuvieron nada que ver con todo esto?.

Nestor Gorojovsky
Secretario General

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