EN CHILE A LOS ESTUDIANTES SE LOS EDUCA A PALAZOS

Cuando los chilenos eligieron a Sebastián Piñera como futuro presidente de su país, un agudo observador peruano constató que ese pueblo se había visto forzado a elegir entre dos versiones del postpinochetismo. Y que ahora iba a empezar la verdadera historia, porque a partir de esta elección iban a empezar a elegir un futuro.

Ningún gobierno de la Concertación soñó siquiera con modificar los lineamientos estructurales impuestos a esa martirizada sociedad por la tiranía oligárquico-imperialista que siguió al fracaso de la Unidad Popular. Peor aún: ningún político, y ningún gobierno de la Concertación se atrevió a discutir en profundidad las causas de ese fracaso.
En ese doble sentido, la candidatura de Frei era un pinochetismo vergonzante. Y la de Piñera, una Concertación sin maquillaje.
No es ninguna casualidad, entonces, que los mismos estudiantes que le amargaron  los últimos días de gobierno a Michelle Bachelet hayan concitado el respeto y apoyo de la mayoría de los chilenos (incluido el hermano del actual Presidente) que ahora enfrentan a Piñera.
¿Qué reclaman? Reclaman algo que en Chile, al igual que  en Uruguay y Argentina, se había impuesto como regla de oro de sentido común en el último cuarto del siglo XIX: la educación (en especial la superior) debía ser pública. El presidente Latorre y su ministro Varela en Uruguay, los presidentes Avellaneda y Roca (y en parte Sarmiento, pero su ministro de educación fue Avellaneda) junto a el ministro roquista Wilde en Argentina, y el presidente Pinto en Chile con su ministro Amunátegui,  ejecutaron ese programa en los tres países.
El vendaval recolonizador de los setenta, ochenta y noventa liquidó ese legado. Con muchísima potencia en Chile, con algo menos de fuerza en la Argentina, y con un poquito menos aún en Uruguay. Ya en los sesenta habíamos tenido los argentinos la primera agachada en ese sentido cuando aceptamos las universidades privadas, pero eso no había sido más que un aviso de algo que, resistencia docente mediante entre otras cosas, no llegó nunca a la profundidad de la situación chilena.
Así como Carlos Menem, durante su destructivo paso por la Presidencia, profundizó el programa del videlato y demolió cuanto habíamos construido los argentinos en nuestro propio beneficio desde los inicios de Estado argentino desde Julio Argentino Roca, Pinochet y sus continuadores (la Concertación incluida, y en primer plano) liquidó todos aquellos aspectos de la vida económica, política y social de Chile que habían permitido en su momento colocar a ese país si no en un pie de igualdad con sus vecinos, casi en su mismo plano. Y en algunos aspectos bien por arriba.
La educación, vista desde el sujeto individual, es una de las principales llaves para labrarse un porvenir (valga en este caso la frase hecha). Nadie comprende esto mejor que los pobres y los desheredados. Desde el punto de vista de la sociedad (y sin por ello descartar eventuales excepciones de individuos brillantes), es la única garantía de la diversificación y ampliación de sus capacidades productivas, estéticas y creativas en general. El dogma pequeño burgués del neoliberalismo, en cambio, plantea teológicamente que aquello que no es negocio no merece existir.
Por lo tanto, la educación, entendida como mecanismo de acceso masivo a  la superación del destino predeterminado por la sociedad, y como vía de eliminación de las rémoras que imponen a esa misma sociedad las relaciones productivas heredadas del pasado y su sanción jurídica, no merece existir.
Esto es lo que han salido a criticar en las calles los estudiantes chilenos. Que den el salto de lo individual a lo colectivo, está por verse. Pero tanto Piñera como Bachelet son vallas para esa transformación. Chile está necesitando concluir la digestión del pinochetismo, relegarlo al sitio inmundo donde le corresponde estar, y lanzarse hacia una nueva etapa. Educación pública, medicina socializada, nacionalización de la política económica, drástica liquidación del congelamiento social impuesto por el imperialismo estadounidense y la oligarquía santiaguina, hermandad inquebrantable con los paises vecinos y latinoamericanos en general: son todas necesidades inmediatas del  pueblo chileno.
Por ahora, solo una de ellas está planteada. El resto, irán cayendo  por su propio peso.

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